lunes, 10 de septiembre de 2018

Charla debate en la Facultad de Ciencias Económicas - UNCuyo



Analizaremos cuáles son los problemas de fondo de la economía argentina que le impiden desarrollarse como lo hacen otros países, qué ha sucedido en 2018 para que aumente su volatilidad y se afiance el pronóstico de estanflación y cuáles son las perspectivas para 2019, año de elecciones presidenciales.


viernes, 10 de agosto de 2018

El mar en que navegamos

Los países latinoamericanos somos, desde el punto de vista económico, pequeños barcos que navegan en el ancho mar de la economía mundial. Somos "pequeños" no por tener menos territorio o menos población, sino porque, nuevamente desde el punto de vista económico, no tenemos capacidad para alterar las condiciones de la economía mundial con nuestras acciones u omisiones. Dicho en términos sencillos, "no movemos la aguja" de la situación económica mundial cuando nos comportamos de una u otra manera, ni modificamos el curso de ninguna macrovariable. Nuestro comportamiento no altera las tasas de interés internacionales, ni la fortaleza o debilidad de las principales monedas (dólar, euro, yen, yuan), ni los precios de los commodities (salvo algún caso muy particular, para los cuales sobran los dedos de una mano), ni el volumen de comercio mundial ni la liquidez de los mercados financiero internacionales. Somos pequeños, no creamos las condiciones de la economía mundial sino que recibimos y debemos aceptar las que otros países grandes, crean y modifican continuamente con sus acciones.

Esto significa que para nosotros, las condiciones del "ancho mar" son un dato, una información que nos viene dada y que no podemos alterar. Si hay calma es bueno, si hay viento de cola aún mejor, pero si hay tormenta habrá que cubrirse o sufrir las consecuencias. Es por eso que lo que suceda en la economía mundial nos importa, como a cualquier capitán de barco le debe interesar de antemano las condiciones meteorológicas para el mar en que navegará, más aún cuando sabe que no está en sus manos modificarlas. Y subrayo "de antemano", porque las decisiones se toman mirando el futuro y una vez que zarpamos, el margen de maniobra empieza a reducirse y los tiempos se acortan. Hay que mirar el mar antes, para preparar nuestro viaje, aunque esto no quita que alguna tormenta imprevista pueda sorprendernos, aun cuando hayamos sido previsores.

¿Cómo está hoy el "ancho mar" de la economía mundial? ¿Presenta condiciones favorables o desfavorables para la navegación? Analizando algunas macrovariables mundiales fundamentales es posible darse una idea:


El crecimiento mundial se ha estabilizado en valores cercanos al 4%,  una tasa moderadamente buena. Con alguna ralentización, China e India lo siguen liderando, pero la buena noticia es que ya no hay tasas negativas en Europa y que EEUU muestra solidez y continuidad. Significa que a nuestros potenciales compradores les está yendo bien, buena noticia para cualquier vendedor.

El volumen de comercio mundial sigue su senda ascendente sin prisa y sin pausa, a pesar de las rencillas comerciales entre EEUU, Europa y China. Implica que aún con barreras comerciales, el mundo sigue abierto e intercambiando productos y servicios.

La liquidez mundial, que creció con fuerza durante la crisis de 2008 y 2009 (precisamente como instrumento para contrarrestarla) ha comenzado a decrecer pero muy gradualmente. Otra buena noticia: hay dinero en el mundo y no va a desaparecer en el corto plazo. En parte puede compensar esto la noticia de que ese dinero es más caro, ya que las tasas de interés suben, pero la subida aún es lenta y para nuestra Región (y para Argentina en particular), a menudo la disponibilidad de fondos ha sido más relevante que su costo.

Los precios de commodities sufrieron un ajuste luego de los dos "boom" ocurridos entre 2003 y 2007 y entre 2010 y 2012. Han quedado estabilizados en valores "altos" respecto de los registros previos a esos eventos y parecen haberse ubicado en un piso temporal. Además como se observa, los correspondientes a alimentos, que son los que la mayoría de los países de la Región exportan al mundo, muestran siempre menos oscilaciones, dan menos sorpresas.

Finalmente, el balance de inversión extranjera directa sigue siendo positivo para América Latina. El flujo ha decaido levemente en los últimos años pero no lo ha hecho en forma significativa, a pesar del mayor costo de oportunidad que implica la mayor tasa de interés antes mencionada.

En síntesis, el "ancho mar", aunque nunca exento de alguna turbulencia, se muestra en relativa calma para navegar. No hay "viento de cola a favor", pero tampoco tormenta a la vista. Se puede maniobrar y buscar la ruta hacia el puerto que deseemos llegar.

Sin embargo, es necesario aclarar algo. Este no es el mar en que navegan los países latinoamericanos, mucho menos Argentina.

Usted podrá preguntarse...¿cómo no? ¿acaso no es el mismo mar en que navegan todos? ¿cuál podría ser la diferencia? En realidad, la diferencia no está en el mar... está en los barcos.

No todos los barcos son iguales, no todos están en las mismas condiciones de navegación, algunos están mejor preparados que otros, mejor cuidados. Entonces, si bien es cierto que el mar es el mismo, no todos "lo perciben" igual y lo que para unos es una brisa de frente para otros se transforma en un viento huracanado y lo que para unos es una simple lluvia para otros puede representar una tormenta. Con un barco moderno, bien preparado y con una tripulación bien dispuesta y entrenada, es posible enfrentar el mar y su oleaje con calma y sin sobresaltos, incluso aprovechar las buenas condiciones de viento y los bancos de peces. Con un barco deteriorado, mal mantenido y una tripulación desganada o sin motivación, lo bueno no puede aprovecharse y el mal tiempo puede provocar incluso el naufragio.

En materia económica, esa diferencia entre los barcos se aproxima a través del indicador de riesgo país. Si bien técnicamente es un indicador "financiero", que muestra la diferencia en el rendimiento de los bonos del país y los de EEUU (considerados de bajo o nulo riesgo)(1), su lectura nos permite inferir qué tan ordenada "hacia adentro" está la economía del país, situación que el mundo percibe y que manifiesta explícitamente a través de la aceptación o repudio de sus instrumentos de deuda en moneda extranjera. Así, países macroeconómicamente desequilibrados (usualmente, con desequilibrios externos y fiscales persistentes) tendrán un mayor "riesgo país", lo que implica que el mundo los observará con mayor desconfianza y será reticente a prestarles dinero o a invertir en ellos.

De tal forma, un indicador de riesgo país alto implica navegar con un barco en malas condiciones, lo cual a su vez hace que el mar resulte más hostil y peligroso; cualquier lluvia puede parecer una tormenta y cualquier brisa un viento huracanado. Al contrario, un riesgo país bajo representará un barco en buenas condiciones, donde una brisa es una brisa y un mar en calma es un mar en calma.

Argentina en particular navega hoy este "ancho mar en relativa calma" con un barco viejo, desvencijado y poco confiable. Las reparaciones de los últimos dos años no han sido suficientes, pero aún así, con el barco reparado a medias, su gobierno ha decidido hacerse a la mar.

El gráfico muestra cómo en los últimos tres meses el indicador de riesgo para Argentina se ha separado del registro de los diez países más grande de América Latina y, en particular de sus vecinos "físicos", Brasil y Chile. En tal sentido el país, por sus desequilibrios macroeconómicos (fiscal, monetario y externo) navega en desventaja respecto de sus vecinos, a quienes el mundo preferirá en caso de tener que elegir destinos de financiamiento o inversiones. Observando el mismo gráfico Usted pensará seguramente: "pero entre 2009 y 2015 la diferencia entre los barcos era aún mayor, en contra de Argentina". Es cierto, pero de acuerdo al esquema económico imperante en ese entonces, el país no navegaba en el ancho mar, permanecía en el muelle, aislado de lo que sucedía en la economía mundial. No hacía falta reparar el barco pues no había intención de navegar. Y se lo dejó deteriorar...

Esta separación (para mal) del riesgo argentino respecto del resto complica sin duda su desempeño macroeconómico y frena el potencial flujo de inversiones. Más aún cuando el nuevo gobierno ha "abierto las puertas de la economía" y busca financiar sus desequilibrios con fondos del exterior. Los inversores y prestamistas externos no están dispuestos a financiar tales desequilibrios, temiendo que (la historia nos condena) si lo hacen los desequilibrios persistirán y se debilitarán los esfuerzos por corregirlos. La corrección debe ser previa, el barco debe arreglarse antes de salir a navegar...

Pero para terminar veamos también el vaso medio lleno, aunque el escenario sea aún hipotético: si (y solo "si") Argentina logra reparar su barco, poner a punto sus motores y recuperar la confianza de su propia tripulación, el ancho mar está en calma, listo para ser navegado. No hay viento a favor, pero tampoco hay tormenta, lo cual a estas alturas, es un buen augurio y una perspectiva alentadora.  

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(1) Técnicamente y en forma simplificada, el indicador de riesgo país, conocido como EMBI (Emerging Markets Bonds Index) se calcula como la diferencia de tasa de interés que pagan los bonos denominados en dólares, emitidos por un país y los Bonos del Tesoro de Estados Unidos, que se consideran "libres" de riesgo.  Los bonos más riesgosos pagan un interés más alto, por lo tanto el spread de estos bonos respecto a los bonos del Tesoro de Estados Unidos es mayor para los países que presentan un funcionamiento macroeconómico más débil o desequilibrado, que aumenta la probabilidad de que incumpla con sus obligaciones en moneda extranjera



jueves, 19 de julio de 2018

Reflexiones sobre la inclusión universitaria

"Tan malo como no hacer lo que se debe, es hacer sólo una parte y pensar que se lo ha hecho todo". 
Refrán popular

Agradezco los relevantes comentarios y sugerencias realizados por María Inés Lara, Gustavo Maradona y Monserrat Serioque saben del tema mucho más que yo y tuvieron la paciencia de leer este breve escrito antes de que fuera subido al blog. 
Los errores, desenfoques y omisiones subsistentes son de mi responsabilidad exclusiva.

En una entrada anterior de este blog ("Educarse paga", del 2 de mayo de 2017expresaba que quien se educa sale ganando, en lo personal y en lo material. Para demostrar el aspecto estrictamente monetario del tema, coloqué allí algunas estadísticas al respecto que reflejan que a mayores niveles de educación formal de las personas sus niveles de remuneración monetaria crecen.

Decía además que la educación es un factor "igualador" entre las personas, pero esto ocurre siempre y cuando la oportunidad de acceso a la misma sea igual para todos. Si no es así, puede funcionar incluso como un elemento "desigualador", en el caso de que algunas personas puedan ascender en la escala educativa con mayor facilidad que otras (más allá de sus habilidades naturales para hacerlo). La educación refuerza la igualdad si el acceso es igualitario, pero puede profundizar la desigualdad si ocurre lo contrario (1).

Esta es una aplicación de la idea de equidad en su concepción moderna, que no apunta a igualar ingresos sino a igualar oportunidades. Por ello se me ocurrió analizar el problema de la Universidad Inclusiva (es decir, accesible para todos por igual), sobre la base de mi experiencia como profesor y como integrante de la gestión de la Universidad Pública en Argentina.

Sin pretender agotar la discusión del problema ni contemplar sus múltiples aristas, es posible hacer un sencillo razonamiento hipotético para poner de relieve algunos puntos importantes del caso. Se trata de abrir la discusión, no de cerrarla, de plantear una línea de debate que sirva para encontrar soluciones que sean completas y no parciales. Tomemos por caso a tres jóvenes, que terminan su colegio secundario y desean estudiar en la Universidad: uno/a pertenece a una familia de ingresos altos (joven A), otro/a a una familia de ingresos medios (joven M) y el tercero/a a una familia de ingresos bajos (joven B).

Cuando se plantean su futuro universitario, debemos estar atentos a tres tipos de desigualdades que pueden ocurrir y pueden colocarles en situaciones de desventaja para acceder a los beneficios monetarios y no monetarios que se obtienen con de un mayor grado de educación.

En primer lugar, los/as jóvenes deben pensar en dos costos que les implicará su "vida universitaria" (son dos costos porque este concepto no sólo debe incluir el costo de "ir a la Universidad", sino uno más completo y abarcativo: el de "vivir e ir a la Universidad"): 
- el primero es el costo de concurrir a la universidad, compuesto por una cuota periódica a pagar y por los gastos asociados al cursado, llamémoslo CU,
- el segundo es el costo de mantención personal durante la vida universitaria, asociado a sus gastos de subsistencia normal, alimentación, transporte, vestimenta, etc., llamémoslo CM.
Por simplicidad podemos asumir que ambos son costos monetarios, es decir, en dinero.

Por simplicidad se puede pensar que el costo CU puede ser el mismo para los/as tres jóvenes, si es que desean concurrir a la misma Universidad. Sin embargo, si lo tomamos desde el punto de vista individual, el costo CM no será el mismo para los/as tres: para A ese costo puede ser cero si sus padres "lo/a mantienen" (entonces CMa=0), para M puede ser CM si debe trabajar digamos medio tiempo para cubrirlo porque su padres no pueden mantenerlo/a (entonces CMm=CM) y para B puede ser aún mayor que CM si debe trabajar tiempo completo porque debe ayudar en su hogar con su ingreso laboral (entonces CMb = x . CM, donde x>1). (2)

Resumiendo lo anterior, tomando entonces los costos monetarios desde el punto de vista individual de cada joven, se puede concluir que: 

CMb > CMm > CMa

lo que pone en desventaja a B respecto de M y al mismo tiempo a ambos respecto de A.

Analicemos ahora otro costo, esta vez no monetario, asociado también a este problema: el tiempo que cada joven debe dedicar a su proyecto de "vivir e ir a la universidad". Este nuevo costo se compone de tres elementos: 
- horas de cursado en la Universidad (hc), 
- horas dedicadas al trabajo (ht) y 
- horas dedicadas al estudio (he). 
Si quitamos las horas de descanso y esparcimiento normales, digamos que : hc+ht+he=14 por día, para todos igual.

Sin embargo, cuando lo analizamos de acuerdo a la realidad económica de cada uno/a, podemos ver diferencias nuevamente:
- A distribuye las 14 horas entre hc y he (ya que ht=0)
- M distribuye las 14 horas entre hc, ht y he.
- B también distribuye las 14 horas entre hc, ht y he, pero su valor de ht es mayor que para M (trabaja mas horas, necesita ayudar en casa con su ingreso), por lo cual lo que le queda para hc+he, es menor.

Si hacemos hc+he= hu (horas dedicadas a la universidad), entonces llegamos a otra conclusión:

hua  >  hum > hub

lo que nuevamente pone en desventaja a B respecto de M y al mismo tiempo a ambos respecto de A.

Tenemos ya a B en doble desventaja, por el lado de los costos explícitos (monetarios) y por el lado de los implícitos (no monetarios). Expresado en términos simples, debe ayudar en el hogar con su ingreso y dispone de menos tiempo para dedicar al estudio.

Finalmente podemos agregar un tercer elemento de juicio al problema, que genera nuevas desigualdades: los horarios de cursado en la Universidad. Si el horario de cursado que propone la Universidad es disperso en el día e inflexible, no afectará a A, conspirará contra la "vida universitaria" de M y complicará severamente la de B (pudiendo incluso impedírsela).  Esta desigualdad discurre entonces en el mismo sentido que las dos anteriores, colocando a B en una situación desventajosa respecto de M y a ambos respecto de A.

Si lo que deseamos es nivelar oportunidades para transitar la vida universitaria (esto es, que cualquier joven, pueda tener la misma chance de “vivir e ir a la universidad”), la gratuidad sólo resuelve el problema de los costos explícitos. Es decir, es inclusiva pero con serias limitaciones, iguala oportunidades pero sólo en parte.  Debe reconocerse sin embargo que es el primer paso, que es una condición necesaria pero no suficiente.

La gratuidad sin distinciones, es una forma de acercar a M y a B a la vida universitaria, pero en ese camino, también beneficia a A, que no lo necesita. Esto implica desfocalización: la comunidad compromete recursos (la universidad "gratuita" lo es para quien accede a ella, pero en rigor se financia con recursos que aporta la comunidad en su conjunto) para beneficiar a quien lo necesita y también a quien no lo necesita. Hay allí una incorrecta asignación de los siempre escasos fondos públicos, pues se aplican en parte a financiar a algunos individuos que podrían hacerse cargo por sí solos de su vida universitaria (para la comunidad, ese gasto innecesario implicará, como contrapartida, impuestos innecesarios, deuda pública innecesaria o emisión de dinero innecesaria).(3)

Para que la aproximarnos a una idea más precisa de igualación y que aparezca la idea de inclusión con mayor vigor, es necesario revisar también la segunda y la tercera desigualdad. De otra manera el sistema, sólo con la "universidad gratuita" se queda a mitad de camino. 

La segunda desigualad se refiere a las horas que cada joven puede dedicar a su vida universitaria: la única forma de hacer hua  =  hum = hub es liberando a  M y B de sus obligaciones laborales para manutención propia y de su hogar. Esto se consigue con un adecuado sistema de becas, basado en la situación económica de cada uno. No son sistemas sencillos de implementar y controlar, pero es el camino, hay que usar la imaginación para perfeccionarlos. Debe tenerse presente que si este problema se resuelve, automáticamente queda resuelta la tercera desigualdad en tanto se asienta en horarios inflexibles o dispersos a lo largo del día que complican a M y a menudo dejan fuera del ámbito universitario a B.

La tercera desigualdad, referida a los horarios de cursado y exámenes, puede resolverse "desde adentro" de la Universidad, adicionando turnos vespertinos y/o nocturnos o flexibilizando las obligaciones de presencialidad. Es claro que este tipo de reformas sólo puede morigerar (o en el extremo, resolver) la tercera desigualdad, pero no las otras dos.

En síntesis, para una Universidad "inclusiva", entendiendo por tal aquella que nivela oportunidades para que todos transiten la "vida universitaria" y accedan a los beneficios de la educación superior, es necesario que la gratuidad se focalice y se complemente con un sistema de becas inclusivo (para cubrir Cm) y un esquema de horarios adecuado. De otra manera, la gratuidad pura, simple e indiscriminada será sólo un instrumento parcial que no sólo no terminará de nivelar las oportunidades sino que, engañosamente, nos llevará a pensar que lo hemos conseguido y que las otras acciones son secundarias o, peor aún, que no hacen falta.

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(1) En esta línea, hace un tiempo leí un cuento futurista en el cual se inventaba un "casco" para que quienes se lo colocaban "absorbieran" cantidades de conocimientos sin tener que dedicar tiempo a estudiarlos. Como avance tecnológico sonaba notable, pero me quedé pensando en el problema del "acceso al casco". Seguramente no habría cascos para todos, entonces, ¿no funcionaría ese elemento como un fuerte factor desigualador, a favor de quienes pudieran obtenerlo? Esta no es sino una faceta más del problema de la apropiación de los frutos del avance tecnológico, sugerido por Karl Marx en "El capital" y enfatizado por Thomas Pikkety en "El capital en el siglo XXI". 
Estoy seguro de que disparar esta polémica, más que imaginar un avance tecnológico como ese, era el objetivo de un autor de ciencia ficción tan profundo e inteligente como fue Arthur Clarke.

(2) Este análisis implica una simplificación ya que, tal como me lo señaló con precisión María Inés Lara, una familia de ingresos bajos puede decidir "hacer otros sacrificios" y costear la vida universitaria de su hijo, con lo cual el CM podría equipararse para los tres jóvenes. Sin embargo, subsiste la situación desventajosa, ahora a nivel familiar, cuando la familia B debe hacer esos "otros sacrificios" que no debe hacer la familia A para conseguir nivelar el valor de CM para su hijo/a.

(3) Nuevamente esta afirmación es una simplificación con fines explicativos, que puede matizarse en tanto la familia A contribuya con más impuestos que la M y la B al financiamiento del gasto público, del que forma parte el gasto para el sostenimiento de las universidades públicas. Sin embargo este matiz, que puede modificar la profundidad del problema, no altera su esencia.

viernes, 22 de junio de 2018

La dieta ...¿puede esperar?


Esta nota se relaciona muy estrechamente con otra, publicada en este mismo blog en setiembre de 2016, llamada "Dieta y ejercicios".  En ella decía lo siguiente:

Si un país tiene presiones sobre su tipo de cambio porque la inflación interna induce a la gente a querer ahorrar en otras monedas que no pierden valor, la devaluación de la propia moneda puede ser una salida transitoria y facilista. Pero si la inflación sigue, deberá acudir a otras devaluaciones en el futuro cercano, y a otras, y a otras…. Entonces, el esfuerzo debe dirigirse a detener la inflación, no a “seguirla” con la devaluación.

Devaluar es como "comprarse un pantalón más grande cuando uno ha engordado", pero una inflación que sigue alta es como seguir comiendo y engordando.  Es cierto, en el corto plazo agrandar el pantalón (devaluar) puede ser la única salida en una coyuntura complicada, a la que se llegó por comer de más… 

La alternativa, pisar el tipo de cambio en conjunto con políticas que alimentan a la inflación puede llevar a difícil situación de pérdida de competitividad cambiaria (más kilos, pantalón cada vez más ajustado…) que puede terminar en un colapso del tipo de cambio y un “sinceramiento de facto” (salta el cinturón, se rompe el pantalón… quedamos desnudos).

La historia argentina nos muestra que esta situación se ha repetido en numerosas oportunidades y es siempre el triste resultado de lo que se conoce como "inconsistencia de política económicas": sostener una política cambiaria rígida (tipo de cambio fijo o fuertemente administrado), conjuntamente con políticas fiscales y monetarias expansivas (déficit fiscal y su monetización). El resultado ha sido, invariablemente, la aceleración de la inflación, el consecuente atraso cambiario, la crisis de divisas y la inevitable devaluación final. Es decir, subida de peso sin freno hasta que llega el momento (que puede postergarse un poco o no según las circunstancias, pero inevitablemente ha llegado) de cambiar el talle del pantalón.

Lo sucedido en Argentina desde la publicación de aquella nota da cuenta de que pocas cosas han cambiado y muy poco hemos aprendido: seguimos engordando despreocupadamente y, cada tanto, comprando un pantalón más amplio.  Es cierto, cada vez que hay que comprar un nuevo talle se suceden nuestras dramáticas escenas de siempre: nos mortificamos, nos apenamos, nos agobia el sentimiento de culpa, buscamos chivos expiatorios en otras personas... Pero igualmente lo hacemos, ante la falta de otras alternativas frente a nuestra propia conducta irresponsable que nos ha llevado a subir de peso sin control (o a veces con una pseudodieta muy relajada, permisiva y flexible...).

Veamos algunos números que ilustran esta situación: el gráfico que sigue muestra que las monedas de los principales países latinoamericanos se han devaluado respecto del dólar en los últimos cinco años. El peso argentino es la que tuvo la mayor devaluación, varias veces superior al resto (pasamos por varios talles más grandes de pantalones).

En un lapso de cinco años como el que se considera en el gráfico (junio 2013 a junio 2018), tal situación debería haber llevado a Argentina a una fuerte ganancia en materia de competitividad cambiaria respecto al resto de sus vecinos y a EEUU. Y esto debería haber llevado entonces a una mejora sustancial en sus cuentas externas y a una pauta sólida de crecimiento con baja inflación. Pero la realidad ha sido otra: hemos perdido competitividad y el crecimiento ha sido casi nulo. ¿Por qué?

Sucede que este análisis es incompleto: no basta mirar el talle del pantalón, también hay que mirar la balanza. Un pantalón más grande puede cómodo al comienzo pero termina siendo estrecho si quien se lo intenta poner engorda sin pausa.

El análisis correcto debe incorporar también y en forma comparativa con lo anterior, la inflación interna de cada país, ya que la tasa de devaluación muestra sólo cuánto poder adquisitivo pierde la moneda local frente a los productos y servicios que se venden fuera del país (o que se importan desde fuera). La pérdida de poder de compra frente a productos y servicios que se venden dentro del país (que en la realidad representan la mayor parte del gasto de los agentes de una nación) viene indicada por la tasa de inflación interna. El análisis entonces debe contemplar y comparar ambas tasas, devaluación e inflación, para comprender qué "canasta de productos" se está encareciendo con mayor rapidez, la externa o la interna. Esto es lo que se observa en el siguiente gráfico.

Este segundo gráfico es muy elocuente, necesita pocas explicaciones. Se deben puntualizar dos aspectos que explican la baja performance económica argentina, alejada de la de sus vecinos. 
  • En primer lugar debe notarse que en todos los países considerados, excepto Argentina, la tasa de devaluación fue superior a la de inflación, es decir, el tipo de cambio real aumentó. En Argentina ocurrió lo contrario, más aún si se calcula un tipo de cambio multilateral contra los otros seis países incluidos en la lista. En otras palabras, Argentina se fue volviendo cada vez más caro que el resto de los países del gráfico y que EEUU. 
  • En segundo lugar, las magnitudes de ambas tasas en Argentina revelan un problema de volatilidad de los precios, los precios relativos y el tipo de cambio, situación que se observa mucho más atenuada en los demás. Argentina es un país de una nominalidad más cambiante que los demás, tanto en tipo de cambio como en precios, lo cual hace más difícil las decisiones económicas y dificulta las proyecciones y pronósticos.
Reuniendo ambos elementos se concluye que en Argentina la competitividad cambiaria se ha movido en forma errática y con una clara tendencia a la baja, lo cual ahora sí permite comprender lo sucedido en las demás variables: cuenta corriente externa deficitaria, desposicionamiento competitivo y bajo crecimiento. Coherente con cualquier libro de texto de macroeconomía básica.

Hoy los argentinos piensan que "el dólar ha subido mucho, demasiado, en los últimos seis meses". Es cierto, lo ha hecho con rapidez (devalaución del 52% entre enero y junio de 2018), pero aún no ha alcanzado a la subida que los precios han tenido en los últimos cinco años. Dicho de otra manera, si se levanta la vista desde la coyuntura y se mira hacia atrás con algo de perspectiva, se observa que en los últimos cinco años el dólar ha sido uno de los precios que menos ha subido en Argentina, aunque en los últimos seis meses ha buscado recuperar parte de ese retraso (pero no ha podido recuperarlo todo).

Volviendo al planteo de "Dieta y ejercicios", los seis países considerados se han sometido en los últimos cinco años a una dieta saludable (baja inflación) y están hoy cómodos con sus pantalones (moderadas devaluaciones). Argentina, en cambio, sigue engordando y aún así el pantalón le queda incómodo y ajustado, a pesar de que en 2014, 2015 y 2018 compró talles más grandes.

Talles más grandes siempre encontraremos, pero ir pasando de uno a otro será cada vez un trauma, una complicación y nos traerá disgustos y culpa. Una dieta saludable es lo mejor y ya no puede esperar. Lo triste es que lo sabemos y lo hemos dicho muchas veces, pero no tenemos la fuerza de voluntad de ordenar nuestra forma de comer y abordar de una vez por todas un plan de ejercicios serio y consistente.

viernes, 8 de junio de 2018

Simetría económica, asimetría política

"La política keynesiana es una avenida muy cómoda para ser recorrida cuesta abajo, pero sumamente abrupta y difícil para quienes deben transitarla cuesta arriba."
John Kenneth Galbraith, HISTORIA DE LA ECONOMIA.


Los economistas pueden saber mucho de Economía, pueden conocer cómo funciona el sistema económico, conocer sus interrelaciones y dinámicas y anticipar (nunca con exactitud) los efectos de medidas de política económica. Pueden también tener sus juicios de valor, opinar sobre lo que es deseable o no para el funcionamiento de un país. Pueden también adherir a una ideología existente, o hasta dar nacimiento a una original.

Pero la política, y en particular la política económica, la deciden e implementan los políticos.

Y si algo es conveniente, adecuado o deseable desde el punto de vista económico pero no lo es desde la perspectiva política, no se hace. Y viceversa.

Si el economista quiere que sus recomendaciones y puntos de vista sean llevados a la práctica sin el cedazo político, debe transformarse en político. Y aún así, cuando lo haga, esa transformación lo llevará a conocer e incorporar, si quiere sobrevivir en esa arena, lo que según la política se pude o no se puede hacer. Quiero decir, el cedazo no desaparecerá.

John Keynes fue un notable economista británico que con su célebre obra "Teoría General del empleo, el interés y el dinero", publicada en 1936, salvó al sistema capitalista de la amenaza de debacle anticipada por Marx en el siglo XIX.  Cuando la crisis recesiva iniciada en 1929 a nivel mundial acrecentaba la posibilidad de que el proletariado finalmente se rebelaran contra sus patronos industriales, Keynes propuso el remedio adecuado... sin tener que abandonar el sistema capitalista.

Keynes fue un economista genial, pero sus preceptos no fueron del todo originales. Antes que él, varios economistas suecos (Myrdal, Ohlin, Lindhal, Lundberg y Hammarskjold) habían realizado propuestas similares, pero lamentablemente (para ellos) lo hicieron en un idioma que para entonces pocos leían y traducían, el sueco. 

Suscintamente, la "receta keynesiana" para situaciones de recesión económica y desempleo consistió en que el Estado tomara la posta y gastara lo que los particulares (consumidores y empresarios) no gastaban por temor e incertidumbre, de manera de recomponer la alicaída demanda agregada. Así, puso en el centro de la escena a la política fiscal, proponiendo aumento del gasto público, recortes impositivos o ambos al mismo tiempo (prefería lo primero, pues era de impacto directo sobre la demanda agregada, bajar impuestos era una buena noticia para el sector privado pero no había garantía de que lo volcaran con rapidez al gasto efectivo).

Simétricamente y en forma coherente con el entendimiento de cómo funciona la economía, la misma receta propone que cuando la economía exacerba su fase expansiva y se "recalienta" (con inflación) debe reducirse el gasto público y aumentarse los impuestos. Esto se conoce precisamente como la "simetría keynesiana".

Sin embargo, tal simetría en el análisis económico encuentra serias dificultades cuando debe llegar a la decisión política. En una recesión, aumentar el gasto público o reducir impuestos son medidas bien recibidas por la población, son populares, quien las propone o implementa es visto como alguien preocupado por la gente y que actúa en su favor. En cambio si la economía ingresa en la senda inflacionista y hay que detenerla frenando el gasto (o haciéndolo crecer nominalmente menos que la inflación para licuarlo en términos reales) o subiendo los impuestos para desalentar el consumo excesivo, tales medidas resultan impopulares y quien las proponga será mirado con recelo y hasta con indignación (¿ajustar en un contexto inflacionario que ya golpea el bolsillo?). Entonces allí se produce el divorcio, la simetría económica que suena tan bien en un libro de texto o en una clase magistral queda sepultada por las necesidades políticas de agradar a la población o de no someterla a "ajuste innecesarios". Aparece la asimetría política.

Argentina tuvo en 2002 una severa crisis económica que hizo descender 10 puntos su PIB real e incrementó su desempleo hasta el 26%. En 2003, el viento de cola del exterior (fuerte suba en precios de los commodities y reducción de tasas de interés internacionales) sumado a la "política keynesiana" implementada por el gobierno permitió salir del pozo recesivo y recuperar la actividad. Se creció a un ritmo muy importante mientras se iba ocupando la capacidad ociosa empresarial y contratando a los desempleados, sin inflación. El keynesianismo había renacido en la mente de muchos economistas y, por supuesto, era muy bienvenido en las oficinas de los políticos (en el gráfico puede observarse cómo se incremento el gasto público como % del PIB). Incluso los periodistas y la gente hablaba de las bondades de sus propuestas y muchos referían a la "Teoría general...". Hubo nuevas ediciones del libro a la venta.

Sin embargo, como era de esperar, en 2007 la capacidad ociosa empezó a escasear y el desempleo había bajado sensiblemente. La receta keynesiana expansiva había funcionado y sonaba la hora de comenzar a moderarla, pues la economía mostraba signos de inflación. La simetría reclamaba su turno. Pero esto no se hizo, la política se impuso a la recomendación económica y se siguió adelante con un gasto que creció más que la recaudación, que la inflación y que el PIB nominal (gráfico que sigue). Esto llevó a las cuentas fiscales del superávit al déficit. La inflación se incrementó, situándose entre 25 y 30% anual (segunda a nivel mundial) y el crecimiento disminuyó su ritmo.



Pasado los efectos de la crisis de 2008 y ya con una inflación muy alta, la receta tampoco se abandonó, pero el libro de Keynes se archivó y el capítulo de la "simetría" quedó postergado. El gasto siguió en aumento, la recaudación no pudo seguir su paso pero el impacto de la expansión fiscal se dirigió, como era de esperar, hacia los precios y no hacia el crecimiento (gráficos que siguen).




En 2016, el nuevo gobierno comprendió que la dinámica de la situación era insostenible y el cuadro de estanflación del quinquenio anterior no se correspondía ya la receta propuesta por Keynes para superar recesiones. Es más, requería un cambio: ahora era necesario ajustar gastos y/o aumentar impuestos, respetar la simetría.  Pero temeroso de la impopularidad de estas acciones y condicionado por su escasa fortaleza en el campo político, decidió no hacerlo de inmediato sino gradualmente. Gesticuló mucho, declamó mucho e hizo poco. Y sin hacer la tarea salió al mundo a buscar financiamiento para el déficit no corregido... El mundo, conocedor de la historia argentina le escatimó la confianza, no le dio un cheque en blanco hasta que las palabras no se transformaran en hechos.

Y allí esta el gobierno argentino hoy. Aferrado a un apoyo internacional condicionado y debatiéndose entre lo que los economistas recomiendan hacer y lo que los políticos creen que puede o no hacerse. Sacrificando la simetría keynesiana en el altar de las urgencias eleccionarias de un gobierno debilitado en su credibilidad y frente al electorado.  Es "el ajuste", tan temido y resistido por un sociedad, agotada, que ha llegado al punto de pensar que tal opción puede soslayarse y seguir avanzando sin más, sin costo, en busca de las "vacas gordas" que alguna vez tuvo y que ya no tiene y de ser el "granero del mundo" que hace tiempo que no es.




miércoles, 2 de mayo de 2018

Breves de Argentina: momento de mostrar firmeza

En la pasada semana, la confluencia de una situación externa desfavorable (subida de tasas de la FED y "flight to quality", en particular sobre bonos latinoamericanos y más en particular, argentinos), errores de política económica interna (impuesto a la renta financiera, de baja recaudación pero alto impacto sobre la volatilidad) y peleas internas en el gobierno que ralentizan sus decisiones, han llevado a una depreciación acelerada de la moneda local y han intensificado la incertidumbre sobre el manejo que el gobierno tiene sobre el mercado cambiario e, indirectamente, sobre la inflación.

Se trata de una crisis puntual, no estructural, iniciada desde el exterior pero potenciada por las dudas y titubeos internos. Pudo haberse transitado lo primero sin zozobra si la reacción hubiese sido rápida y firme. En estos casos no cabe el gradualismo, la globalización financiera no lo tolera.

Si el gobierno no toma medidas drásticas y urgentes (más allá de subir la tasa de interés como lo hizo, instrumento de influencia indirecta sobre el problema) la situación puede complicarse, incluso salirse de control, obligando a sacrificar muchas reservas y perder credibilidad.

Sugerencias: fuerte apoyo presidencial a la gestión del presidente del BCRA en detrimento de sus "enemigos internos" en el gobierno, cambios en el equipo económico que garanticen el rumbo y eviten mayores incertidumbres (Dujovne), revisión del impuesto a la renta financiera.  Poner un techo al dólar y defenderlo puede no ser suficiente para moderar las expectativas.

Vienen tres días movidos, pero si se actúa HOY con firmeza, puede corregirse el rumbo.

lunes, 23 de abril de 2018

Paciencia...

Como en el cine y en las novelas, esta nota viene a completar la "trilogía" que iniciara en octubre de 2017 con "La madre de todas las batallas" y que continuara hace pocos días con "Mala", ambas dedicadas en este blog al proceso inflacionario que vive Argentina.  Para que no tenga que ir a buscarlas y leerlas completas, le resumo lo principal de cada una.

En "Mala" decía que la inflación es dañina para el funcionamiento de la economía porque, entre otros efectos negativos, deteriora el sistema de incentivos, pone de mal humor a todos y genera incertidumbre para la toma de decisiones. Decía también que todos los gobernantes lo saben, la prueba está en que buscan mantenerla baja. A la pregunta de si hay alguna inflación buena respondí allí enfáticamente que no, lo que sucede es que a veces la inflación es un costo a pagar en los procesos de crecimiento sostenido (pero costo al fin) y que en esos casos de trata de la "inflación natural", pero nunca superior al 4% anual. 

Tasas superiores son problemáticas y cuando llegan a dos dígitos resultan patológicas y la economía ya no puede crecer. Aparecen también allí datos que dan cuenta de la magnitud del problema desde hace años y de la diferencia que hoy existe con otros países del mundo (6 veces la inflación de Brasil, 8 veces la inflación promedio mundial, 10 veces la de Brasil).

En "la madre de todas las batallas" decía, en sintonía con lo anterior, que esta es la principal batalla que debe enfrentar el gobierno argentino en estos tiempos, prioritaria a cualquier otra, porque de no hacerlo cualquier otro proyecto de cambio o mejora en el ámbito económico estría destinado al fracaso. La historia de Argentina (y de toda América Latina) da fe de eso: con inflación alta la economía se detiene, el desempleo y la pobreza aumentan y, como consecuencia, la distribución del ingreso empeora.

Con esto en claro y con los números comparativos en la mano (serie de tiempo para Argentina y sección cruzada internacional, ambas en "Mala") ahora me pregunto si el gobierno está haciendo lo correcto para reducirla. Y pienso que sí, que lo está haciendo. El sistema que está utilizando, de "metas de inflación" ha dado buenos resultados en muchos países a lo largo del tiempo, especialmente cuando se ha aplicado a inflaciones "de memoria larga" (países con décadas donde la inflación alta fue la regla y la estabilidad es la excepción). Pero tiene dos contraindicaciones a las que debemos estar atentos: por un lado es un sistema que no permite crecer en forma acelerada porque se maneja con tasas de interés altas; por otro lado no es un remedio rápido, requiere de tiempo, esfuerzo y paciencia....  Sin embargo tiene algo muy bueno: si se consigue sanar, la salud dura más tiempo, no es como los controles de precios que generan un bienestar falso y efímero, curan hoy pero enferman mañana.

Ocurre que en Argentina no somos pacientes y empezamos a inquietarnos cuando los resultados se demoran en llegar. Hemos preferido muchas veces el remedio fácil (y seguramente menos amargo), de corto plazo pero también de corto alcance, el alivio temporario... y así estamos, siempre recayendo.

Hoy la tasa de inflación mensual sigue cerca del 2%, es altísima para que una economía pueda crecer y reducir la pobreza. Y cuando miramos los números vemos que parece haber encontrado un piso allí, tanto la inflación observada como la "nucleo" (1). 


Cuando se observan las tasas de inflación anuales, tampoco se ven resultados claros ni definitivos, seguimos por encima del 20%, aún con una meta del 15% para este año 2018. Y la expectativa de inflación futura (próximos doce meses) tampoco parece ceder significativamente, se ubica en el 19% (2). Tenemos inflación alta y los argentinos esperamos que siga alta.



Pero paciencia, no sentimos el alivio aún, pero vamos a sentirlo. 

De a poco vamos a sentirlo. Utilizando este sistema, Chile logró hacer converger la inflación hacia su nivel "natural" en casi 10 años (el sistema se implementó en 1989 y en 1999 se perforó el piso de 5%) y Colombia en 14 años (el sistema se inició en 1991 y el piso se perforó en 2004). En ambos casos se logró sosteniendo la independencia del Banco central y hubieron oscilaciones e incumplimientos anuales.  Luego de eso se mantuvieron allí, en valores de inflación que oscilan entre el 3 y el 4% anual. Nosotros llevamos solamente dos años y medio, confío en que podremos conseguirlo en menos tiempo.



Puedo sonar un poco herético con esto frente a mis colegas, pero no me importa tanto que la meta no se cumpla, lo que me interesa es que la inflación baje. En esa línea un funcionario nacional me decía, lamentándose días atrás "Tenemos mala suerte o comunicamos muy mal: estamos bajando la inflación y la gente nos critica porque no cumplimos la meta".  Y lo cierto es que, lentamente, la inflación está bajando.

Pero atención, debo decir esto antes de terminar: con el tiempo vamos a sentir el alivio siempre que sigamos tomando prolijamente el remedio y no cambiemos de receta ni de médico en el camino. Que no nos gane la impaciencia y el resultadismo, no echemos al técnico (en este caso al presidente del BCRA). Si cambiamos y buscamos el atajo, si apelamos al facilismo, al amuleto, al curandero o al humo, no lo conseguiremos.

Eso sí, permanezcamos atentos a los números: si la inflación sigue bajando, vamos por el buen camino, aunque haya altibajos y la fiebre tarde en desaparecer.

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(1) La "inflación núcleo" es la que se calcula retirando de la medición los precios de los bienes y servicios con características estacionales y los que son regulados por el gobierno. Como estas precios pueden crecer más rápido o mas lento que los que se computan, la inflación núcleo puede resultar más alta o más baja que la general.

(2) Mediciones de expectativas de la Universidad Torcuato Di Tella y del BCRA a través de su "relevamiento de expectativas de mercado" (REM).