miércoles, 13 de marzo de 2019

Bajo presión

"En Argentina el dólar nunca baja, sucede que a veces se agacha para dar un salto"
Refrán popular

"Tenemos una política cambiaria definida con los márgenes de intervención que tiene el Banco Central. Desde ese punto de vista no estamos viendo inconvenientes"
Dante Sica, Ministro de Producción de la Nación, 6 de marzo de 2019.


El tipo de cambio es un precio. Es el precio que hay que pagar para comprar un dólar o, alternativamente, la cantidad de pesos que se obtienen a cambio de su venta. Funciona como cualquier otro precio, de cualquier otro producto.

Esta afirmación, si bien conceptualmente correcta, entraña una simplificación importante. El tipo de cambio no es un precio más, es (junto al salario y la tasa de interés) uno de los precios más importantes de la economía. Lo es porque influye decisivamente en la formación de muchos otros precios internos del país, no es esto una patología sino una característica intrínseca de las economías abiertas (todas lo son, en mayor o menor medida) del mundo. Influye directamente sobre los precios de los bienes transables (o sea los de productos que se vinculan de alguna manera con el exterior, ya sea porque se exportan o porque compiten internamente con importados) e indirectamente sobre los precio de los no transables (a través de sus costos y de las sustituciones de consumo que sean posible con los transables). Influye también por la vía de los costos en todos ellos cuando utilizan insumos importados o insumos producidos localmente que compiten con los importados.

Esta importancia del tipo de cambio en la formación de muchos otros precios se traduce en su rol crucial sobre la marcha de cualquier proceso inflacionario, de allí que a los gobiernos latinoamericanos, a menudo acosados por el fantasma de la inflación, siempre les ha interesado mucho "tenerlo bajo control". Esto no significa necesariamente fijarlo en un valor (aunque muchas veces la acción ha sido esa) sino más bien mantenerlo dentro de algún rango de variación en que no genere presiones excesivas ni sobresaltos.

También una baja importante del tipo de cambio puede no ser deseada, ya que afecta negativamente la rentabilidad de los sectores que exportan o compiten con importados. Razón adicional entonces para mantenerlo "bajo control". La idea es que no suba ni baje abruptamente ni lo haga en grandes magnitudes. En otras palabras, "mantener la calma cambiaria" siempre ha sido uno de los objetivos de los gobiernos de la Región, porque de esa manera se calma la inflación, se calma la economía e incluso en muchos casos hasta se alivia el malhumor social en sociedades acostumbradas a ver en la cotización del dólar un termómetro fiel de lo que sucede en la economía.

Sin embargo, no hay que llamarse a engaño: si se observa que el tipo de cambio no se mueve mucho en un período de tiempo eso no necesariamente refleja calma cambiaria. Quietud y calma no es lo mismo. Que el dólar no suba ni baje durante algunos meses no implica que no esté sometido a presiones. Por el contrario, pueden haber presiones que el gobierno "desvía" utilizando escudos de proteccción. Sin embargo hay que tener algo claro, la presión se puede desviar, pero no se puede anular. Así, si la presión no llega al tipo de cambio (que se mantiene estable gracias a los escudos) recaerá sobre otras variables y genera otros efectos sobre la economía. Anular por completo los efectos de esas presiones sobre la economía es imposible. Pensar que se pueden hacer desaparecer y que sus efectos pueden eliminarse por completo del escenario económico es ingenuo, ilusorio.

Concretamente, para saber si hay o no presiones sobre el tipo (hacia arriba o hacia abajo) es necesario  observar lo que sucede con tres macrovariables: el mismo tipo de cambio, las tasa de interés de política económica1 y las reservas del Banco Central (son estas dos últimas las que pueden funcionar como escudos protectores y simular la calma). Así, pueden existir presiones que el gobierno impida que afecten al tipo de cambio comprando o vendiendo reservas o bien subiendo o bajando las tasas (o combinando ambos "escudos"). Si las tres variables se mantienen estables, entonces sí estamos en calma. Si aparecen las presiones, una, dos o las tres se moverán.

Así por ejemplo, ante una presión alcista, si el gobierno usa el "escudo de las reservas", éstas empezarán a reducirse (el Banco Central debe vender dólares para que no suba su precio) con el consiguiente peligro de que en algún momento se acaben o se acerquen a un umbral mínimo de riesgo en donde se activen las alarmas de una corrida cambiaria, fase final y dañina de presiones contenidas. Alternativamente (o complementariamente si se los combina) si usa el "escudo de la tasa", la subirá para atraer a los ahorristas hacia los bonos en pesos y alejarlos de la tentación de comprar dólares. El impacto contractivo sobre el consumo, la inversión y la actividad económica de una mayor tasa será entonces la contracara de la aparente calma. En ambos casos, si hubiera verdadera calma, no aparecerían los peligros de corrida (escudo reservas) ni de recesión (escudo tasa).

¿Cuál es la situación hoy en Argentina?

Como decía antes, observar al dólar no es suficiente para inferir calma o presiones, es necesario también atender a lo que sucede con las reservas y la tasa de interés. Sin embargo, en nuestro caso particular, el gobierno ha "protegido" (nunca podremos, en Argentina, decir "blindado") las reservas con la banda cambiaria, obligando al Banco Central a comprar sólo si se perfora un piso y a vender sólo si se traspasa un techo. En los papeles, el dólar es "libre de flotar dentro de la banda". Pero esto no es totalmente cierto en la realidad2, esa libertad es muy restringida porque las autoridades se han reservado el manejo de la tercer variable en discordia: la tasa de interés, único escudo que hoy en Argentina protege al dólar y que el gobierno puede utilizar contra el fantasma de la desconfianza.

Así, puede verse que con este manejo el gobierno mantiene al dólar relativamente estabilizado (no fijo). Huelga decir que será entonces la tasa de interés la que refleje el ánimo de presionar o no contra la divisa norteamericana que tengan los argentinos. Tales momentos de presiones se identifican claramente en el gráfico, cuando la tasa sube, dejando paso a breves lapsos de calma, cuando se estaciona y baja. En ese marco, el dólar va acusando recibo de las presiones pero a cuentagotas y por "espasmos", cuando el gobierno lo permite. Cuando el dólar intenta subir, las autoridades suben la tasa para detenerlo. Se dice que el gobierno "maneja la tasa", pero en el fondo es un manejo pasivo3: en realidad la manejan las presiones cambiarias, que el gobierno trata de neutralizar usando la tasa de interés.


De esta forma la desconfianza se canaliza hacia la recesión, vía tasa de interés (con la atenta mirada del gobierno de por medio). Pensar entonces en salir del estancamiento este año es ilusorio, en tanto el proceso eleccionario agosto-octubre mantenga viva la llama de la incertidumbre. El gobierno actúa a la defensiva, en forma pasiva, usando el escudo de la tasa para protegerse de la corrida pero pagando con actividad y empleo.  La verdadera solución, que despejaría la ansiedad cambiaria, protegería naturalmente la reservas (sin necesidad de bandas) y permitiría aflojar el puño crispado sobre la empuñadura del "escudo tasa", sería el restablecimiento de la confianza, origen primario del problema.  Pero para eso nos falta mucho, no ocurrirá en 2019. 

El ministro dice: "no estamos viendo inconvenientes...". Tal vez no en lo inmediato, pero desde el llano y con el desgastado escudo de la tasa en la mano, estoy bastante más inquieto.


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1 La tasa de política monetaria es establecida por el Banco Central y su comportamiento actúa como "señal" para el resto de las tasas de interés de la economía, produciendo efectos "arrastre" sobre ellas, hacia arriba o hacia abajo.

2 Declamar que el tipo de cambio es libre (flotante) para luego moderar sus variaciones usando la tasa de interés es lo que en la literatura se conoce como "miedo a flotar".

3 Se entiende por "manejo pasivo" a una situación en que el gobierno mueve un instrumento de política económica (en este caso la tasa de interés) "en respuesta a algo externo que sucede" y no por una decisión independiente. Técnicamente suele denominarse "manejo endógeno".

jueves, 21 de febrero de 2019

Profecías autocumplidas, profecías autodestruidas

"Lo que sucede en la economía hoy, depende estrechamente de lo que los agentes económicos piensan que sucederá mañana"
John M. Keynes - TEORIA GENERAL DEL EMPLEO, EL INTERES Y EL DINERO.

"Los capitalistas sabían leer"
Youval Harari - HOMO DEUS


Es frecuente que en materia de Economía, los expertos se aventuren a pronosticar lo que creen que va a suceder en el futuro. En realidad no es un capricho ni un afán de sentirse con capacidad de predecir el curso futuro de la historia, se trata en realidad de algo más terrenal, es una exigencia profesional: pronosticar es lo que la gente les pide. Interesa más saber lo que va a pasar que conocer lo que pasó, la prognosis se cotiza más que la diagnosis. Y tiene su lógica, los usuarios de los servicio profesionales de un economista toman sus decisiones mirando mucho más al futuro que al pasado, más aún en un mundo tan cambiante y con una dinámica tan poderosa como el actual, donde cada vez el futuro depende menos del pasado.

Por supuesto, todo pronóstico tiene un margen de error, no conocemos el futuro, sólo podemos atisbarlo desde una ventana que, habida cuenta de la velocidad de los cambios en nuestra sociedad y nuestra economía, es cada vez más pequeña y está más empañada. Las posibilidades de error entonces crecen y los pronósticos se equivocan con mayor asiduidad, pero aún así los economistas siguen intentándolo porque corren el riesgo de dejar de ser relevantes o útiles si no lo hacen.

Lo que no hay que perder nunca de vista es que tratándose de una CIENCIA SOCIAL, en la cual el componente humano esencial y definitorio de los resultados finales, la misma prognosis en Economía tiene más posibilidades de influir en lo que suceda realmente que en las CIENCIAS EXACTAS, donde el principio de que "el observador modifica a lo observado" se encuentra en tela de juicio desde diversos ángulos. En Economía el pronosticador predice, el resto de los agentes involucrados tienen acceso al pronóstico (en la era digital y de las comunicaciones, mucho más) y actúan en consecuencia, llevando el pronostico hacia su cumplimiento (la profecía autocumplida) o su fracaso (la profecía autodestruida). En Economía, el pronosticador influye sobre los afectados por el pronóstico, más aún cuando el pronosticador goza de cierto prestigio y credibilidad.

Los ejemplos abundan, a nivel del día a día y también en el curso de los grandes movimientos de la historia política y económica.

Es muy sencillo dar ejemplos de profecía autocumplida en materia financiera: un experto pronostica que subirá el precio del dólar y, si tiene cierta confiabilidad entre quienes lo escuchan, todos se apresurarán a comprar dólares (antes de que suba), con lo cual efectivamente... su precio subirá. En materia de microeconomía, otro experto anuncia que escaseará un producto en los supermercados, la gente se apresura a comprarlo antes de que se agote... y entonces se agota con rapidez. 

El análisis macroeconómico muestra también ejemplos de autocumplimiento. Un pronóstico sombrío sobre la economía que indique que puede caer el empleo llevará a los agentes a ser más cautelosos con sus pauta gasto/ahorro (disminuyendo el ratio), lo cual redundará en un debilitamiento de la demanda agregada, el consecuente debilitamiento de la demanda de trabajo y el enfriamiento del mercado laboral, con caída de salario y mayor desempleo. 

Conciente o no, el experto que hace este tipo de predicciones pone en marcha mecanismos "de reacción" en los agentes económicos que llevan a su cumplimiento o a su fracaso. No resulta nunca inocuo. Y mientras más creíble, menos inocuo, tanto para el autocumplimiento como para la autodestrucción, según los agentes que reaccionan con mayor rapidez e intensidad sean lo que se ven beneficiados o perjudicados por el pronóstico.

En materia de profecía autodestruidas en la macrohistoria, tal vez la más célebre y relevante sea la marxista. Marx auguró hacia fines del siglo XIX que en la inminente e inevitable lucha de clases, el proletariado saldría triunfante frente a los capitalistas, llevando a la debacle al sistema imperante luego de la revolución industrial y dando paso a la era comunista. Pensó en una revolución que se extendiera por Europa (en realidad pensaba que se iniciaría en Alemania o Inglaterra, no en Rusia), abarcando al mundo industrial de la época y de allí avanzando hacia el mundo entero. Es más, en el Manifiesto Comunista instaba junto a Engels a los proletarios del mundo a unirse, más allá de las nacionalidades, para conseguir esa victoria.  La revolución proletaria se instaló exitosamente en Rusia en 1917 pero luego tuvo serias dificultades para avanzar en el mundo, dando por tierra con la profecía del alemán que, a fines del siglo XX había quedado casi en el olvido. 

¿Por qué ocurrió esto? ¿Acaso Marx era poco idóneo o mal pronosticador? No lo era. Todo lo contrario: con los elementos de juicio que tuvo a su alcance su predicción tenía mucho sentido en aquel momento y eso fue lo que conspiró contra ella. El grupo que él indicaba como perdedor reaccionó y tomó sus recaudos: consciente de la experiencia rusa, los capitalistas del mundo lenta y progresivamente fueron dando espacio a la clase obrera, tanto en la distribución del remanente económico como en la dirección de la política nacional. Una cabida limitada, pero cabida al fin, y esa "válvula de escape", administrada con cautela, evitó la explosión y la combustión del sistema... y preservó al capitalismo.

Cuando el fin de la primera guerra mundial y el tratado de Versalles parecían dividir al mundo, los facismos de Mussolini, Hitler, Primo de Riviera y Perón colocaron una valla al comunismo y lo reemplazaron por el nacionalismo: fogonearon la conciencia nacional, organizaron las clases sociales, construyeron un corporativismo puertas adentro de cada país que impidió que los "proletarios del mundo" se unieran y llegaran a un acuerdo internacional para enfrentar y vencer a los "capitalistas del mundo". Más tarde, cuando la recesión de los años 30 amenazaba con dar el crédito a la profecía marxista, Keynes encontró la solución ... dentro del esquema capitalista, sin encumbrar al proletariado, ni estatizar medios de producción ni abolir la propiedad privada.  

Marx hizo su profecía sin contemplar que al formularla, ponía en marcha los mecanismos "de reacción" para destruirla. Alertaba a los potenciales perdedores, que fueron los primeros que se interesaron en leer su obra. Si ante el pronóstico de Marx hubieran sido las clases proletarias las que se organizaran con rapidez y, tal como lo pedía el Manifiesto, se hubieran unido, tal vez otra hubiera sido la historia.

Autocumplidas o autodestruidas, lo cierto en que en Economía, ningún pronóstico se hace en el vacío, siempre le llega a oídos del interesado, sea ganador o perdedor real o potencial (¿tendría sentido un pronóstico que no llegara a oídos de nadie?). Y así pone en marcha el mecanismo de reacción. Así entramos en un "loop", un círculo concéntrico o excéntrico, pero círculo al fin. El pronosticador, si es idóneo, debería incorporar en su pronóstico tales reacciones, debería predecirlas, y así ajustar su pronóstico. Sin embargo, nada obsta para que el "pronóstico ajustado" genere nuevas reacciones al llegar a los oídos de los afectados...

Porque es precisamente para eso se le piden pronósticos a los economistas: para poder reaccionar lo antes posible y posicionarse correctamente ante lo bueno o malo que pueda venir. En la inquietud por el pronóstico subyace la necesidad de reaccionar a tiempo, si es posible antes que los demás, para aprovechar mejor una "ola buena" o cubrirse de una "ola mala". Que al final del día la profecia se cumpla o se destruya dependerá de quién reaccione antes, el potencial perdedor o ganador. Pero este "loop", a menudo también puede pronosticarse.

lunes, 28 de enero de 2019

Microsegregación

A riesgo de entrar en un tema polémico e insidioso, quisiera dejar en claro aquí por qué me siento identificado con los movimientos antimachistas, antiracistas y antisegregacionsistas de toda índole, en sus versiones racionales y no maniqueas, que se están dando en los últimos tiempos a lo largo y a lo ancho del mundo.

Si Ud es una persona moderadamente civilizada y ve que alguien realiza un acto evidente de discriminación racial, seguramente lo condenará, implícita o explícitamente. También, si ve que alguien realiza un acto evidente y grosero de discriminación de género, lo condenará. Lo miso sucederá, espero, si Ud presencia actos evidentes de discriminación religiosa, de clases sociales o hacia individuos con tales o cuales discapacidades. Para adelantarnos a lo que quiero decir, la palabra clave hasta aquí es "evidente".

Sin embargo, existen miles y miles de actos cotidianos de discriminación que no son tan "evidentes". Pero no es que no lo sean porque se realizan a escondidas, sino porque la pauta cultural los tolera como "normales" y están, de alguna manera institucionalizados. Están allí pero no lo vemos, no los consideramos como actos de discriminación sino que están dentro de nuestro diario quehacer, de lo que desde tiempos ancestrales y a menudo sin explicación lógica, consideramos "normal". En contraposición con los actos evidentes de discriminación, podríamos llamar a esto "microsegregación", pequeñas acciones y actitudes cotidianas, insertas de tal forma en nuestra cultura moderna, que no las distinguimos a simple vista.

En materia de género, hay miles de ejemplos: si la familia va en auto, papá maneja; es mamá quien pone la mesa o levanta los platos en el almuerzo; el hombre debe ceder el asiento a la mujer en el colectivo, en algunos trabajos es normal que se destaquen hombres y en otro mujeres; hay acciones u omisiones que si las hace un joven son tolerables pero si las hace una joven no lo son, etc.. En materia de razas, está casi institucionalizado que tales razas son poco amigas del aseo, otras son agresivas, otras son amigas de lo ajeno, otras son intolerantes, otras irresponsables con sus gastos, etc.  Y a cada una se la trata (o destrata) como tal, asumiendo esos rasgos como una verdad indiscutible.  Si nos remitimos a clases sociales, es frecuente escuchar que los ricos son más educados, los pobres tienen muchos hijos, la clase media tiene valores morales más elevados, etc.. En materia actitudinal, la microsegregación es variadísima: si tiene barba es sucio, si grita es maleducado, si se pone falda corta es poco recatada, si tiene una pareja varios años menor es indecoroso, si no baila es aburrido, etc.  En materia de religiones, los prejuicios que avalan la segregación son más profundos, se pierden en la noche de los tiempos (esto implica que nadie hoy se hace cargo de su origen) y exhiben un grado de racionalidad mínimo, si no nulo. 

Sin embargos es frecuente que nadie se alarme ni moleste por estas situaciones cotidianas de microsegregación de género, de raza, de clase sociales, de actitudes o de religión. Incluso sucede que cuando alguien las denuncia y pone en evidencia, suena extraño, hasta políticamente incorrecto.

A mi juicio, la gran importancia de los movimientos que comentaba al comienzo y con los que, en sus versiones racionales, quiero manifestarme completamente de acuerdo, es que han puesto en evidencia la microsegregación, la están denunciando, se la están mostrando a quienes, por estar tan inserta en su vida de cada día, casi no la veían. La han denunciado en voz alta y están arrancando de la pauta cultural, para que deje de ser algo "normal" y la gente tenga la posibilidad de observarlas, evaluarlas y decidir si las condena o no. No hablo aquí de las actitudes segregacionistas "evidentes" (que la gran mayoría condena), sino de las pequeñas, de las casi invisibles, que han permanecido escondidas durante siglos en nuestra vida diaria y a las que ahora, sorprendidos, descubrimos.

Alguien tenía que mostrarlas porque la pauta cultural es invisible a quienes están inmersos en ella. Cuidado, matar al mensajero puede ser parte de esa pauta.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Desigualados

Esta nota está estrechamente relacionada con "Chocotorta", publicada en este mismo blog el 30 de julio de 2016. Esta es en realidad, la base conceptual de aquella.


Llegamos al mundo desigualados. Nuestras "condiciones de cuna" (familia en que nacimos, país en que nacimos, barrio en que crecimos, amigos que tuvimos, condiciones físicas, condiciones emocionales, facilidades intelectuales, destrezas deportivas...) nos diferencian a todos de todos, no hay en este sentido dos personas iguales.

Por eso, al iniciar cada año mi curso de Política Económica Argentina en la Universidad, lo primero que hago es formularle a los estudiantes dos preguntas: 1) ¿Somos todos iguales? y 2) ¿Deberíamos serlo?

La respuesta casi unánime a la primera es NO. En las segunda dudan, discuten, argumentan, pero mayoritariamente, se inclinan nuevamente por el NO.

De inmediato los alerto sobre que con esas respuestas están contrariando a dos obras fundamentales: la Biblia y la Constitución Nacional, ya que la primera dice que somos todos iguales ante Dios y la segunda que lo somos ante la Ley. Dudan de nuevo, vuelven a discutir pero, con abrumadora mayoría, se mantienen firmes en el NO.

Vuelvo a insistir, diciéndoles que la IGUALDAD es algo atractivo, deseable y que la DESIGUALDAD no es tan amable no tiene tantos adeptos ni tanta prensa. Insisten ellos también, de nuevo mayoritariamente: NO. Sin embargo a algunos, incluso a quienes se han inclinado por el NO, a esta altura ya se los nota un poco perturbados por el rumbo de la discusión y de las respuestas (aún las propias). ¿Dejar fuera el concepto de igualdad? ¿No será mucho? ¿No es políticamente incorrecto?

Entonces reformulo la segunda pregunta: ¿deberíamos ser iguales en TODO o sólo en algunos aspectos? Muchos de los aparecían preocupados comienzan a relajarse, creen haber encontrado un camino de consenso que los deja más tranquilos, una vía para reconciliarse con la idea de IGUALDAD: casi todos responden esta vez que deberíamos ser iguales en algunos aspectos, pero no en todo. Con esa respuesta la IGUALDAD vuelve al escenario, aunque con limitaciones. Pero lo importante es que vuelve, eso es suficiente para pacificar a algunos corazones y recuperar algo de corrección política.

Por supuesto la discusión no termina allí, por el contrario, no hace más que comenzar. 

El siguiente interrogante que les planteo es... ¿en qué aspectos deberíamos ser iguales y en cuáles no? Someto a su consideración algunos ejemplos: ¿todos deberíamos tener el mismo color de pelo? ¿todos tener el mismo auto? ¿todos deberíamos ser fanáticos del mismo club de fútbol? ¿a todos nos deberían gustar las mismas películas? ¿todos deberíamos cobrar el mismo sueldo? ¿todos deberíamos tener el mismo acceso a la educación y a la salud? ¿todos deberíamos tener nuestras necesidades básicas satisfechas? ¿todos merecemos una jubilación digna? ¿todos merecemos el mismo respeto?...

Las respuestas comienzan entonces a oscilar entre el SI y el NO y se instala nuevamente la polémica. En algunos casos la respuesta es claramente SI y en otros es claramente NO, pero aparecen muchas zonas grises y de debate. Por ejemplo: ¿Todos deberíamos tener el mismo acceso a la educación? Responden SI. ¿Primaria y secundaria? responden nuevamente SI. ¿Universitaria? Responden mayoritariamente SI. ¿Posgradual? Responden SI, NO, NS/NC.

El objetivo de esta discusión es, precisamente, no zanjarla.  Es abrir las mentes de los estudiantes al concepto de EQUIDAD, que sin duda se basa en el de IGUALDAD pero que no se restringe a la igualdad absoluta (que algunos gustan llamar "igualitarismo"). Y en particular introducir la idea de POLÍTICAS DE EQUIDAD (uno de los temas más interesantes de la materia, opinión personal), ya que tal política no busca igualar en todo. Una buena política de equidad debe ser lo suficientemente sensible para identificar en qué aspectos debemos ser igualados y en qué aspectos podemos tolerar desigualdades.

Así, si se iguala ingreso a la universidad es posible que se desigualen oportunidades (en detrimento de quienes deben trabajar en horario de clases),. O bien si se igualan oportunidades educativas, es posible que se desigualen ingresos futuros cuando el esfuerzo personal entre en juego. O si se igualan todas las prestaciones de salud (de baja y alta complejidad) para todos, se libera de pago a quienes pueden hacerlo y se desigualan así otros accesos a oportunidades "pagas" (como viajar y conocer el mundo).

El mundo se mueve hoy hacia la igualación de oportunidades básicas (salud, educación, vivienda, servicios básicos, etc.) y no de ingresos, a igualar en el "punto de partida" y no en el "punto de llegada", dando un espacio a los méritos y al esfuerzo. Pero la discusión no terminado allí, ya que el punto de partida a igualar también genera polémica: qué nivel de salud, qué nivel de educación, qué tipo de vivienda, qué cantidad de servicios básicos... 

Esto genera una nueva polémica porque toda igualación de oportunidades basada en proveer a todos "algún nivel básico de algo" vinculado a la humanidad y dignidad, tiene un costo para la comunidad que debe ser repartido de alguna manera. Dicho de otro modo, una vez que nos pongamos de acuerdo con las oportunidades a igualar (supongamos que podamos hacerlo), debemos discutir acerca de hasta dónde llegar con la igualación (niveles) y cómo repartir en la sociedad el costo de las "provisiones básicas", porque lamentablemente, nada es gratis.

Ardua tarea para el Estado. Sólo en Utopía el altruismo individual resolverá el problema.  




lunes, 29 de octubre de 2018

Pensando en voz alta - Educación sexual en las escuelas

Recientemente se ha abierto el debate en la Argentina respecto de la educación sexual en las escuelas.

Algunos padres han manifestado sus temores y su disconformidad bajo el lema de "Con mis hijos no te metas", haciendo referencia a que en ese tema debe ser tratado en casa, en familia, dado que en las aulas no será posible saber qué orientación se le dará y que tipo de "valores" se transmitirán. Me parece una preocupación muy valedera y un punto de vista respetable.

Sin embargo, pocas veces se vio a esos padres inquietarse o preocuparse por cómo ha transmitido en las ultimas décadas en las aulas disciplinas como HISTORIA, FILOSOFÍA, ECONOMÍA ... o incluso MATEMÁTICAS. ¿Acaso en estas últimas no pueden transmitirse "valores" o "enfoques" con los cuales no estemos de acuerdo? ¿Acaso en estas últimas no hay espacio para el adoctrinamiento? ¿Acaso eso (transmisión de ideologías, adoctrinamiento...) no ha ocurrido efectivamente tantas veces en nuestros colegios?

Concuerdo que el tema sexual en los jóvenes es muy importante y que los valores deben ser su basamento para que tengamos una sociedad mejor. Pero esos mismos valores deben ser también el fundamento de muchos otros aspectos de la vida de un joven, muchos de los cuales, desde hace años, se enseñan en las aulas. Y pocas veces nos hemos preocupado por ellos.

Tal vez sea el momento de ampliar la mirada y abrir la discusión.

viernes, 12 de octubre de 2018

La punta del ovillo

Al punto de poder considerarse como una “precuela”, esta nota guarda estrecha relación con “Déjá vu”  (en este blog, 23 de setiembre 2018). En aquella afirmaba que los déficits gemelos y el atraso cambiario habían caracterizado siempre a las situaciones previas a los defaults en Argentina y que en 2017 el escenario económico tenía nítidamente presentes esos problemas de fondo, lo cual nos puso a merced del sudden stop que se desencadenó en abril sobre la economía. En esta oportunidad, sin apartarnos de esa interpretación, indagamos acerca de la cadena causal intrínseca que la define. Buscaremos, si es que existe, la punta del ovillo de la complicada madeja de la decadencia económica argentina, para poder tirar de ella. 

Hasta diciembre de 2017 Argentina presentaba un "combo" de problemas macroeconómicos que limitaba su crecimiento, impedía dominar la inflación y alimentaba espasmódicamente al fantasma de una brusca corrección cambiaria. Se reunían en un peligroso cocktail el déficit fiscal, el déficit de Cuenta Corriente, la falta de competitividad de la economía y una deteriorada hoja de balance del Banco Central.


Este combo no era nuevo, ya en los años 50 Raúl Prebisch había alertado sobre su existencia y lo había colocado en el centro de los problemas macroecnómicos argentinos. Por ello, tampoco eran nuevos los temores ni lo eran las advertencias que gritaban a voz en cuello desde los libros de historia, a quienes quisieran escuchar. 

Además, no eran estos cuatro macroproblemas independientes entre sí. Muy por el contrario, existía un fino (aunque aparentemente indestructible) hilo conductor que los vinculaba y permitía que los pulsos se transmitieran con fluidez y sin pausa entre unos y otros. El mismo hilo que los unió siempre, desde hace más de setenta años, desafiando al tiempo y a los planes económicos, sobreviviendo a ideologías de izquierda y derecha y atravesando gobiernos peronistas, radicales y militares.  Ningún "ismo" supo cortar el hilo  ni liberarnos de este combo,  salvo por algún período aislado en el cual parecía que la madeja podía desenredarse... pero finalmente no.

De tanto padecerla, esta madeja ya puede hoy no parecernos tan enredada ni tan compleja, aunque la realidad se ha impuesto y el camino hacia su resolución ha estado plagado de obstáculos políticos, urgencias electorales, pactos de no agresión e indefiniciones de "modelo". Veamos entonces la cadena causal sobre la que se ha asentado durante décadas.

El problema del déficit de Cuenta Corriente ha encontrado su causa principal en el atraso cambiario, piedra angular (aunque no excluyente) de la falta de competitividad de la economía argentina, que al tiempo que la hacía uno de los países más caros de la región latinoamericana, elevaba artificialmente su PBI per cápita en dólares para componer el espejismo de ser nación más rica del grupo. Un tipo de cambio real estacionado en un nivel 30% más bajo que su promedio de los últimos veinte años hacía que desde 2009 los argentinos prefirieran comprar y hacer turismo en el exterior, al mismo tiempo que los extranjeros evitaban hacerlo en Argentina. 

Pero el atraso cambiario no apareció por "generación espontánea" sino que fue a su vez consecuencia del abultado y creciente déficit fiscal. Este desequilibrio se financió durante el gobierno de Cristina Fernandez con emisión de dinero, lo cual nos llevó a una inflación muy superior a la del resto del mundo, infructuosamente controlada con el "ancla" del tipo de cambio nominal. Precisamente la combinación de tipo de cambio nominal creciendo poco y precios creciendo mucho profundizaron el atraso. El mismo desequilibrio (no corregido) durante el gobierno de Mauricio Macri se financió con deuda, que al ser pequeño el mercado financiero argentino debió tomarse mayoritariamente en el exterior. El ingreso de esos dólares acentuó la presión a la baja del tipo de cambio nominal y frente a una inflación que no pudo controlarse, no pudo revertir el atraso. En ambos casos se hizo presente, con distintos matices, la conocida "inconsistencia de políticas económicas" que tantos sinsabores nos ha acarreado: política fiscal y monetaria expansivas combinada con política de tipo de cambio administrado.

Entonces:


Por otra parte el deterioro de la hoja de balance del Banco Central era consecuencia simple y directa del déficit fiscal, aunque por algunos momentos se haya evocado en el discurso a la autonomía de la autoridad monetaria. Cristina Fernandez la atiborró de activos de valor nulo (las "letras intransferibles") a cambio de dinero para financiar el agujero fiscal y luego se inició en el camino de las LEBACs para retirar parte de ese dinero del mercado y limitar su efecto inflacionario. Mauricio Macri no hizo lo primero pero sí exacerbó lo segundo con el mismo fin, aún cuando puso a la entidad a la cabeza de la batalla contra la inflación.

Entonces: 

A riesgo de simplificar excesivamente una madeja complicada, la conclusión termina siendo relativamente simple: la punta del ovillo es el déficit fiscal. Pueden haber matices y el análisis puede hacerse más complejo pero es muy claro que sin déficit fiscal los otros tres problemas pierden fuerza y entidad rápidamente. El déficit fiscal no es la única causa de los otros problemas, pero sin duda es la más importante.

Entonces:


Sin embargo, este diagnóstico no fue compartido por el actual gobierno cuando llegó al poder, o si lo fue, no se reflejó claramente en sus acciones en los primeros 900 días de gobierno. El ajuste fiscal (en serio) se demoró, se demoró, se demoró ... y nunca se concretó. El mundo, tomó nota de esta desidia en marzo de 2018(1) y le marcó la cancha a la Argentina retirando sus capitales y acelerando el ajuste "por las malas". Así, la brutal corrección en tipo de cambio, tasas de interés, inflación, actividad y empleo que sufrimos entre mayo y setiembre nos dio un "baño de realidad", muy parecido a otros que ya sufrimos en 1975, 1982, 1989 y 2002, luego de haber transitado etapas previas en las que se abusó de la desprolijidad fiscal pensando, en cada oportunidad, que el final iba a ser diferente (dejá vu).

Hoy, luego de cinco meses turbulentos, algunos de los problemas  se han corregido en parte (insisto, "por las malas"): el tipo de cambio real ha subido a un nivel 25% de su promedio de los últimos veinte años, la hoja de balance del Banco Central ha comenzado a sanearse (en esto debe reconocérsele mérito al gobierno) y el déficit de Cuenta Corriente se achica con rapidez. La angustia macroeconómica de mayo-setiembre ha tenido entonces un correlato positivo en estas correcciones, aunque la población por ahora sólo pueda visualizar sus consecuencias más negativas: la inflación, el desempleo y el freno a la actividad.  

Sin embargo, la cadena causal antes descripta nos pone en alerta: las correcciones no son suficientes e incluso pueden revertirse. Si entendemos que la punta de la madeja está en el déficit fiscal, es necesario cerrarlo también y eso, aunque sea doloroso, implica más ajuste, menos actividad y más desempleo.

Si (y sólo "si") en los próximos meses el ajuste fiscal se lleva adelante, el nuevo gobierno que asuma en 2019 lo hará en un contexto mas favorable que el actual y con buen parte del "combo" de problemas corregido. Tendrá una nueva oportunidad de enfocarse en el crecimiento, la estabilidad y el combate a la pobreza, con mayores posibilidades de éxito (nunca asegurado, conociéndonos). 

Cualquiera sea su color político, ojalá que quien se siente entonces en el sillón de Rivadavia no vuelva a enredar la madeja.


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(1) En rigor, comenzó a tomar nota en diciembre de 2017 cuando el a la política del gobierno "forzó" al Banco Central a modificar las metas de inflación en busca de conseguir un mayor crecimiento demorando el ajuste fiscal.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Déjà vu

Déjà vu (en francés ‘ya visto antes’) es un tipo de paramnesia del reconocimiento de alguna experiencia que sentimos como si se hubiera vivido previamente.


“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” 
Albert Einstein

"Más dinero se ha perdido a causa de cuatro palabras que a causa de una pistola desenfundada. Esas palabras son: esta vez es distinto”, 
Carmen Reinhart y Kenneth Roggof, "Ocho siglos de necedad financiera".


La economía argentina es una "economía de déjà vu": todo lo que hoy pasa ya ha pasado antes, en cada recodo del camino tenemos la sensación intensa de que "esto ya lo hemos vivido".  Es frecuente que, cuando ante algún suceso económico consultamos a nuestros padres o abuelos, nos respondan con un dejo de resignación:  "Si, si... recuerdo que esto pasó en tal fecha, o en tal otra... y se repitió en aquella otra...con este presidente o con aquel ministro...". Y por lo general se trata de experiencias fallidas, de las cuales aparentemente poco hemos aprendido.

En los últimos cinco meses (abril-setiembre 2018) los argentinos hemos vivido un episodio muy intenso de déjà vu. 

Los llamados "déficits gemelos" (es decir, déficit fiscal y déficit de cuenta corriente), de los cuales algunos hoy se asombran, no son una novedad para nosotros, vienen de décadas atrás (1):


La norma ha sido que los resultados fiscal y de cuenta corriente sean negativos, sólo excepcionalmente han sido positivos y en tal caso, lo han sido por poco tiempo (en el caso del resultado de cuenta corriente, casi siempre producto de recesiones que deprimieron las importaciones). Y en esto no hay distinción de gobiernos ni ideologías: conservadores, radicales, peronistas, desarrollistas, liberales, progresistas... todos han seguido la misma conducta, que implica gastar por encima de las posibilidades hasta que llega la crisis y se produce el temido ajuste (temido aunque, a la luz de la vasta experiencia, totalmente previsible).

El caso más notable se observa a partir de los superávits gemelos que se generaron luego de la debacle de 2002, con motivo de la combinación de mega-devaluación de la moneda nacional,  licuación de  los gastos públicos por la inflación y notable suba del precio de los commodities, todo lo cual permitió revertir de un golpe (y con severo trauma en ese momento) los saldos negativos que se traían de fines de los 90. Dicho trauma, uno de los mayores que registra la historia económica del país, no fue obstáculo sin embargo para volver a las andadas y comenzar a deteriorar gradualmente esos números positivos: ocho años después las cuentas eran deficitarias y unos años más tarde se encaminaban a ser "rojo intenso".  La tendencia que marca el período 2003-2017 es muy preocupante, es el deterioro más largo que registra la historia, casi sin altibajos, siempre hacia abajo...


Asi, la situación de los últimos seis años se parece mucho a otras dos en la historia que se presenta en el gráfico: el período 1976-82 bajo régimen militar y el período 1995-2001, parte bajo gobierno peronista y parte bajo gobierno radical. Si hacemos memoria, aquellos dos episodios de "sobreconsumo" no terminaron bien: el primer terminó con un default parcial en 1985 y el segundo con un default amplio en 2002. Esto ya debería habernos prevenido, o al menos hacer que el episodio de sudden stop vivido por la economía argentina entre abril y setiembre de 2018 no nos resultara tan extraño.

Pero esto no es todo. En busca de similitudes con aquellas situaciones, el atraso cambiario aparece como un punto importante a recordar ya que complementa el cuadro:


Déficits gemelos y atraso cambiario: una combinación muy peligrosa que los argentinos conocemos (y deberíamos recordar) muy bien, pues nos llevó a dos situaciones de impago que no pudimos evitar. En ambos casos la corrección fue traumática: en 1985 porque el mundo ya no financió a los latinoamericanos deficitarios (efecto derivado de las crisis de la deuda iniciada en 1982 por México) y en 2001 porque en particular no financió más a una economía argentina sobreendeudada y con dificultades "de flujos" para enfrentar sus compromisos.

El mundo, seguramente más propenso a mirar los números de un país con mayor frialdad, percibió que ya en 2017 la situación se repetía y que los argentinos eran reacios a notarlo (esta vez es distinto...), especialmente el gobierno, anestesiado por un buen resultado electoral, aletargado en su gradualismo y retaceando autonomía a su Banco Central. Y en 2018 decidió emitir su opinión deshaciendo posiciones financieras en argentina, liquidando bonos y acciones del país de sus carteras y "retirándose hasta nuevo aviso". Déjà vu.

El proceso de sudden stop fue entonces de libro de texto (2): freno a la entrada de capitales, reversión del flujo, tipo de cambio en alza, precios en alza (menos que el anterior, de manera de corregir hacia arriba el tipo de cambio real), tasas de interés por las nubes, impacto recesivo casi inmediato y deterioro de empleo y la pobreza. El segundo y el tercer trimestre de 2018 han mostrado estos efectos, que seguramente se seguirán observando dos trimestres más si el gobierno cierra la brecha fiscal, aún abierta. Si no lo hace, la "fase final" del sudden stop (corrida cambiaria y bancaria, que nollegó a currir en 1985 pero sí en 2001), estará más cerca.

Nada nuevo: sólo un viejo concepto de macroeconomía internacional aplicado, nuevamente, a un país con conducta de sobreconsumo, endeudamiento y tipo de cambio real bajo (alejado de su equilibrio) que se niega a reconocerlo y persiste en su conducta. 

Einstein y la teoría económica sólo pueden decirnos: "te lo dije...". Pero no hay peor sordo que el que no quiere oir.



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(1) Conceptualmente, el déficit fiscal implica que el gobierno gasta por encima de lo que recauda, debiendo entonces endeudarse con el sector privado local o con el exterior para financiar la brecha. Por su parte, el déficit de cuenta corriente implica que la sociedad como un todo (gobierno y sector privado) gasta más de lo que produce, debiendo endeudarse fuera. Déficits gemelos implica tener un gobierno y un país que "sobreconsumen" (puede haber momentos en que el sector privado ahorre, pero ciertamente no es suficiente para compensar el desafasaje del gobierno.

(2) El proceso conocido como Sudden stop ("freno brusco") fue expuesto por Rudiger Dornbusch en 1994 y analizado en detalle por Guillermo Calvo en 1998, con refencia a lo sucedido en los 80 en América Latina y repetido en alguna medida en los 90 con las crisis de este de Asia, Rusia Y Brasil. Al frenarse (y revertirse) el ingreso de capitales a un país en forma brusca, con motivo de los temores respecto de su solvencia fiscal y externa (déficits gemelos y deuda acumulada por el sector publico y privado), el "ajuste" se produce a la fuerza y las variables mencionadas se mueven en direcciones no deseadas. Como se observa, el concepto tiene ya más de veinte años...