lunes, 26 de noviembre de 2018

Desigualados

Esta nota está estrechamente relacionada con "Chocotorta", publicada en este mismo blog el 30 de julio de 2016. Esta es en realidad, la base conceptual de aquella.


Llegamos al mundo desigualados. Nuestras "condiciones de cuna" (familia en que nacimos, país en que nacimos, barrio en que crecimos, amigos que tuvimos, condiciones físicas, condiciones emocionales, facilidades intelectuales, destrezas deportivas...) nos diferencian a todos de todos, no hay en este sentido dos personas iguales.

Por eso, al iniciar cada año mi curso de Política Económica Argentina en la Universidad, lo primero que hago es formularle a los estudiantes dos preguntas: 1) ¿Somos todos iguales? y 2) ¿Deberíamos serlo?

La respuesta casi unánime a la primera es NO. En las segunda dudan, discuten, argumentan, pero mayoritariamente, se inclinan nuevamente por el NO.

De inmediato los alerto sobre que con esas respuestas están contrariando a dos obras fundamentales: la Biblia y la Constitución Nacional, ya que la primera dice que somos todos iguales ante Dios y la segunda que lo somos ante la Ley. Dudan de nuevo, vuelven a discutir pero, con abrumadora mayoría, se mantienen firmes en el NO.

Vuelvo a insistir, diciéndoles que la IGUALDAD es algo atractivo, deseable y que la DESIGUALDAD no es tan amable no tiene tantos adeptos ni tanta prensa. Insisten ellos también, de nuevo mayoritariamente: NO. Sin embargo a algunos, incluso a quienes se han inclinado por el NO, a esta altura ya se los nota un poco perturbados por el rumbo de la discusión y de las respuestas (aún las propias). ¿Dejar fuera el concepto de igualdad? ¿No será mucho? ¿No es políticamente incorrecto?

Entonces reformulo la segunda pregunta: ¿deberíamos ser iguales en TODO o sólo en algunos aspectos? Muchos de los aparecían preocupados comienzan a relajarse, creen haber encontrado un camino de consenso que los deja más tranquilos, una vía para reconciliarse con la idea de IGUALDAD: casi todos responden esta vez que deberíamos ser iguales en algunos aspectos, pero no en todo. Con esa respuesta la IGUALDAD vuelve al escenario, aunque con limitaciones. Pero lo importante es que vuelve, eso es suficiente para pacificar a algunos corazones y recuperar algo de corrección política.

Por supuesto la discusión no termina allí, por el contrario, no hace más que comenzar. 

El siguiente interrogante que les planteo es... ¿en qué aspectos deberíamos ser iguales y en cuáles no? Someto a su consideración algunos ejemplos: ¿todos deberíamos tener el mismo color de pelo? ¿todos tener el mismo auto? ¿todos deberíamos ser fanáticos del mismo club de fútbol? ¿a todos nos deberían gustar las mismas películas? ¿todos deberíamos cobrar el mismo sueldo? ¿todos deberíamos tener el mismo acceso a la educación y a la salud? ¿todos deberíamos tener nuestras necesidades básicas satisfechas? ¿todos merecemos una jubilación digna? ¿todos merecemos el mismo respeto?...

Las respuestas comienzan entonces a oscilar entre el SI y el NO y se instala nuevamente la polémica. En algunos casos la respuesta es claramente SI y en otros es claramente NO, pero aparecen muchas zonas grises y de debate. Por ejemplo: ¿Todos deberíamos tener el mismo acceso a la educación? Responden SI. ¿Primaria y secundaria? responden nuevamente SI. ¿Universitaria? Responden mayoritariamente SI. ¿Posgradual? Responden SI, NO, NS/NC.

El objetivo de esta discusión es, precisamente, no zanjarla.  Es abrir las mentes de los estudiantes al concepto de EQUIDAD, que sin duda se basa en el de IGUALDAD pero que no se restringe a la igualdad absoluta (que algunos gustan llamar "igualitarismo"). Y en particular introducir la idea de POLÍTICAS DE EQUIDAD (uno de los temas más interesantes de la materia, opinión personal), ya que tal política no busca igualar en todo. Una buena política de equidad debe ser lo suficientemente sensible para identificar en qué aspectos debemos ser igualados y en qué aspectos podemos tolerar desigualdades.

Así, si se iguala ingreso a la universidad es posible que se desigualen oportunidades (en detrimento de quienes deben trabajar en horario de clases),. O bien si se igualan oportunidades educativas, es posible que se desigualen ingresos futuros cuando el esfuerzo personal entre en juego. O si se igualan todas las prestaciones de salud (de baja y alta complejidad) para todos, se libera de pago a quienes pueden hacerlo y se desigualan así otros accesos a oportunidades "pagas" (como viajar y conocer el mundo).

El mundo se mueve hoy hacia la igualación de oportunidades básicas (salud, educación, vivienda, servicios básicos, etc.) y no de ingresos, a igualar en el "punto de partida" y no en el "punto de llegada", dando un espacio a los méritos y al esfuerzo. Pero la discusión no terminado allí, ya que el punto de partida a igualar también genera polémica: qué nivel de salud, qué nivel de educación, qué tipo de vivienda, qué cantidad de servicios básicos... 

Esto genera una nueva polémica porque toda igualación de oportunidades basada en proveer a todos "algún nivel básico de algo" vinculado a la humanidad y dignidad, tiene un costo para la comunidad que debe ser repartido de alguna manera. Dicho de otro modo, una vez que nos pongamos de acuerdo con las oportunidades a igualar (supongamos que podamos hacerlo), debemos discutir acerca de hasta dónde llegar con la igualación (niveles) y cómo repartir en la sociedad el costo de las "provisiones básicas", porque lamentablemente, nada es gratis.

Ardua tarea para el Estado. Sólo en Utopía el altruismo individual resolverá el problema.  




lunes, 29 de octubre de 2018

Pensando en voz alta - Educación sexual en las escuelas

Recientemente se ha abierto el debate en la Argentina respecto de la educación sexual en las escuelas.

Algunos padres han manifestado sus temores y su disconformidad bajo el lema de "Con mis hijos no te metas", haciendo referencia a que en ese tema debe ser tratado en casa, en familia, dado que en las aulas no será posible saber qué orientación se le dará y que tipo de "valores" se transmitirán. Me parece una preocupación muy valedera y un punto de vista respetable.

Sin embargo, pocas veces se vio a esos padres inquietarse o preocuparse por cómo ha transmitido en las ultimas décadas en las aulas disciplinas como HISTORIA, FILOSOFÍA, ECONOMÍA ... o incluso MATEMÁTICAS. ¿Acaso en estas últimas no pueden transmitirse "valores" o "enfoques" con los cuales no estemos de acuerdo? ¿Acaso en estas últimas no hay espacio para el adoctrinamiento? ¿Acaso eso (transmisión de ideologías, adoctrinamiento...) no ha ocurrido efectivamente tantas veces en nuestros colegios?

Concuerdo que el tema sexual en los jóvenes es muy importante y que los valores deben ser su basamento para que tengamos una sociedad mejor. Pero esos mismos valores deben ser también el fundamento de muchos otros aspectos de la vida de un joven, muchos de los cuales, desde hace años, se enseñan en las aulas. Y pocas veces nos hemos preocupado por ellos.

Tal vez sea el momento de ampliar la mirada y abrir la discusión.

viernes, 12 de octubre de 2018

La punta del ovillo

Al punto de poder considerarse como una “precuela”, esta nota guarda estrecha relación con “Déjá vu”  (en este blog, 23 de setiembre 2018). En aquella afirmaba que los déficits gemelos y el atraso cambiario habían caracterizado siempre a las situaciones previas a los defaults en Argentina y que en 2017 el escenario económico tenía nítidamente presentes esos problemas de fondo, lo cual nos puso a merced del sudden stop que se desencadenó en abril sobre la economía. En esta oportunidad, sin apartarnos de esa interpretación, indagamos acerca de la cadena causal intrínseca que la define. Buscaremos, si es que existe, la punta del ovillo de la complicada madeja de la decadencia económica argentina, para poder tirar de ella. 

Hasta diciembre de 2017 Argentina presentaba un "combo" de problemas macroeconómicos que limitaba su crecimiento, impedía dominar la inflación y alimentaba espasmódicamente al fantasma de una brusca corrección cambiaria. Se reunían en un peligroso cocktail el déficit fiscal, el déficit de Cuenta Corriente, la falta de competitividad de la economía y una deteriorada hoja de balance del Banco Central.


Este combo no era nuevo, ya en los años 50 Raúl Prebisch había alertado sobre su existencia y lo había colocado en el centro de los problemas macroecnómicos argentinos. Por ello, tampoco eran nuevos los temores ni lo eran las advertencias que gritaban a voz en cuello desde los libros de historia, a quienes quisieran escuchar. 

Además, no eran estos cuatro macroproblemas independientes entre sí. Muy por el contrario, existía un fino (aunque aparentemente indestructible) hilo conductor que los vinculaba y permitía que los pulsos se transmitieran con fluidez y sin pausa entre unos y otros. El mismo hilo que los unió siempre, desde hace más de setenta años, desafiando al tiempo y a los planes económicos, sobreviviendo a ideologías de izquierda y derecha y atravesando gobiernos peronistas, radicales y militares.  Ningún "ismo" supo cortar el hilo  ni liberarnos de este combo,  salvo por algún período aislado en el cual parecía que la madeja podía desenredarse... pero finalmente no.

De tanto padecerla, esta madeja ya puede hoy no parecernos tan enredada ni tan compleja, aunque la realidad se ha impuesto y el camino hacia su resolución ha estado plagado de obstáculos políticos, urgencias electorales, pactos de no agresión e indefiniciones de "modelo". Veamos entonces la cadena causal sobre la que se ha asentado durante décadas.

El problema del déficit de Cuenta Corriente ha encontrado su causa principal en el atraso cambiario, piedra angular (aunque no excluyente) de la falta de competitividad de la economía argentina, que al tiempo que la hacía uno de los países más caros de la región latinoamericana, elevaba artificialmente su PBI per cápita en dólares para componer el espejismo de ser nación más rica del grupo. Un tipo de cambio real estacionado en un nivel 30% más bajo que su promedio de los últimos veinte años hacía que desde 2009 los argentinos prefirieran comprar y hacer turismo en el exterior, al mismo tiempo que los extranjeros evitaban hacerlo en Argentina. 

Pero el atraso cambiario no apareció por "generación espontánea" sino que fue a su vez consecuencia del abultado y creciente déficit fiscal. Este desequilibrio se financió durante el gobierno de Cristina Fernandez con emisión de dinero, lo cual nos llevó a una inflación muy superior a la del resto del mundo, infructuosamente controlada con el "ancla" del tipo de cambio nominal. Precisamente la combinación de tipo de cambio nominal creciendo poco y precios creciendo mucho profundizaron el atraso. El mismo desequilibrio (no corregido) durante el gobierno de Mauricio Macri se financió con deuda, que al ser pequeño el mercado financiero argentino debió tomarse mayoritariamente en el exterior. El ingreso de esos dólares acentuó la presión a la baja del tipo de cambio nominal y frente a una inflación que no pudo controlarse, no pudo revertir el atraso. En ambos casos se hizo presente, con distintos matices, la conocida "inconsistencia de políticas económicas" que tantos sinsabores nos ha acarreado: política fiscal y monetaria expansivas combinada con política de tipo de cambio administrado.

Entonces:


Por otra parte el deterioro de la hoja de balance del Banco Central era consecuencia simple y directa del déficit fiscal, aunque por algunos momentos se haya evocado en el discurso a la autonomía de la autoridad monetaria. Cristina Fernandez la atiborró de activos de valor nulo (las "letras intransferibles") a cambio de dinero para financiar el agujero fiscal y luego se inició en el camino de las LEBACs para retirar parte de ese dinero del mercado y limitar su efecto inflacionario. Mauricio Macri no hizo lo primero pero sí exacerbó lo segundo con el mismo fin, aún cuando puso a la entidad a la cabeza de la batalla contra la inflación.

Entonces: 

A riesgo de simplificar excesivamente una madeja complicada, la conclusión termina siendo relativamente simple: la punta del ovillo es el déficit fiscal. Pueden haber matices y el análisis puede hacerse más complejo pero es muy claro que sin déficit fiscal los otros tres problemas pierden fuerza y entidad rápidamente. El déficit fiscal no es la única causa de los otros problemas, pero sin duda es la más importante.

Entonces:


Sin embargo, este diagnóstico no fue compartido por el actual gobierno cuando llegó al poder, o si lo fue, no se reflejó claramente en sus acciones en los primeros 900 días de gobierno. El ajuste fiscal (en serio) se demoró, se demoró, se demoró ... y nunca se concretó. El mundo, tomó nota de esta desidia en marzo de 2018(1) y le marcó la cancha a la Argentina retirando sus capitales y acelerando el ajuste "por las malas". Así, la brutal corrección en tipo de cambio, tasas de interés, inflación, actividad y empleo que sufrimos entre mayo y setiembre nos dio un "baño de realidad", muy parecido a otros que ya sufrimos en 1975, 1982, 1989 y 2002, luego de haber transitado etapas previas en las que se abusó de la desprolijidad fiscal pensando, en cada oportunidad, que el final iba a ser diferente (dejá vu).

Hoy, luego de cinco meses turbulentos, algunos de los problemas  se han corregido en parte (insisto, "por las malas"): el tipo de cambio real ha subido a un nivel 25% de su promedio de los últimos veinte años, la hoja de balance del Banco Central ha comenzado a sanearse (en esto debe reconocérsele mérito al gobierno) y el déficit de Cuenta Corriente se achica con rapidez. La angustia macroeconómica de mayo-setiembre ha tenido entonces un correlato positivo en estas correcciones, aunque la población por ahora sólo pueda visualizar sus consecuencias más negativas: la inflación, el desempleo y el freno a la actividad.  

Sin embargo, la cadena causal antes descripta nos pone en alerta: las correcciones no son suficientes e incluso pueden revertirse. Si entendemos que la punta de la madeja está en el déficit fiscal, es necesario cerrarlo también y eso, aunque sea doloroso, implica más ajuste, menos actividad y más desempleo.

Si (y sólo "si") en los próximos meses el ajuste fiscal se lleva adelante, el nuevo gobierno que asuma en 2019 lo hará en un contexto mas favorable que el actual y con buen parte del "combo" de problemas corregido. Tendrá una nueva oportunidad de enfocarse en el crecimiento, la estabilidad y el combate a la pobreza, con mayores posibilidades de éxito (nunca asegurado, conociéndonos). 

Cualquiera sea su color político, ojalá que quien se siente entonces en el sillón de Rivadavia no vuelva a enredar la madeja.


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(1) En rigor, comenzó a tomar nota en diciembre de 2017 cuando el a la política del gobierno "forzó" al Banco Central a modificar las metas de inflación en busca de conseguir un mayor crecimiento demorando el ajuste fiscal.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Déjà vu

Déjà vu (en francés ‘ya visto antes’) es un tipo de paramnesia del reconocimiento de alguna experiencia que sentimos como si se hubiera vivido previamente.


“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” 
Albert Einstein

"Más dinero se ha perdido a causa de cuatro palabras que a causa de una pistola desenfundada. Esas palabras son: esta vez es distinto”, 
Carmen Reinhart y Kenneth Roggof, "Ocho siglos de necedad financiera".


La economía argentina es una "economía de déjà vu": todo lo que hoy pasa ya ha pasado antes, en cada recodo del camino tenemos la sensación intensa de que "esto ya lo hemos vivido".  Es frecuente que, cuando ante algún suceso económico consultamos a nuestros padres o abuelos, nos respondan con un dejo de resignación:  "Si, si... recuerdo que esto pasó en tal fecha, o en tal otra... y se repitió en aquella otra...con este presidente o con aquel ministro...". Y por lo general se trata de experiencias fallidas, de las cuales aparentemente poco hemos aprendido.

En los últimos cinco meses (abril-setiembre 2018) los argentinos hemos vivido un episodio muy intenso de déjà vu. 

Los llamados "déficits gemelos" (es decir, déficit fiscal y déficit de cuenta corriente), de los cuales algunos hoy se asombran, no son una novedad para nosotros, vienen de décadas atrás (1):


La norma ha sido que los resultados fiscal y de cuenta corriente sean negativos, sólo excepcionalmente han sido positivos y en tal caso, lo han sido por poco tiempo (en el caso del resultado de cuenta corriente, casi siempre producto de recesiones que deprimieron las importaciones). Y en esto no hay distinción de gobiernos ni ideologías: conservadores, radicales, peronistas, desarrollistas, liberales, progresistas... todos han seguido la misma conducta, que implica gastar por encima de las posibilidades hasta que llega la crisis y se produce el temido ajuste (temido aunque, a la luz de la vasta experiencia, totalmente previsible).

El caso más notable se observa a partir de los superávits gemelos que se generaron luego de la debacle de 2002, con motivo de la combinación de mega-devaluación de la moneda nacional,  licuación de  los gastos públicos por la inflación y notable suba del precio de los commodities, todo lo cual permitió revertir de un golpe (y con severo trauma en ese momento) los saldos negativos que se traían de fines de los 90. Dicho trauma, uno de los mayores que registra la historia económica del país, no fue obstáculo sin embargo para volver a las andadas y comenzar a deteriorar gradualmente esos números positivos: ocho años después las cuentas eran deficitarias y unos años más tarde se encaminaban a ser "rojo intenso".  La tendencia que marca el período 2003-2017 es muy preocupante, es el deterioro más largo que registra la historia, casi sin altibajos, siempre hacia abajo...


Asi, la situación de los últimos seis años se parece mucho a otras dos en la historia que se presenta en el gráfico: el período 1976-82 bajo régimen militar y el período 1995-2001, parte bajo gobierno peronista y parte bajo gobierno radical. Si hacemos memoria, aquellos dos episodios de "sobreconsumo" no terminaron bien: el primer terminó con un default parcial en 1985 y el segundo con un default amplio en 2002. Esto ya debería habernos prevenido, o al menos hacer que el episodio de sudden stop vivido por la economía argentina entre abril y setiembre de 2018 no nos resultara tan extraño.

Pero esto no es todo. En busca de similitudes con aquellas situaciones, el atraso cambiario aparece como un punto importante a recordar ya que complementa el cuadro:


Déficits gemelos y atraso cambiario: una combinación muy peligrosa que los argentinos conocemos (y deberíamos recordar) muy bien, pues nos llevó a dos situaciones de impago que no pudimos evitar. En ambos casos la corrección fue traumática: en 1985 porque el mundo ya no financió a los latinoamericanos deficitarios (efecto derivado de las crisis de la deuda iniciada en 1982 por México) y en 2001 porque en particular no financió más a una economía argentina sobreendeudada y con dificultades "de flujos" para enfrentar sus compromisos.

El mundo, seguramente más propenso a mirar los números de un país con mayor frialdad, percibió que ya en 2017 la situación se repetía y que los argentinos eran reacios a notarlo (esta vez es distinto...), especialmente el gobierno, anestesiado por un buen resultado electoral, aletargado en su gradualismo y retaceando autonomía a su Banco Central. Y en 2018 decidió emitir su opinión deshaciendo posiciones financieras en argentina, liquidando bonos y acciones del país de sus carteras y "retirándose hasta nuevo aviso". Déjà vu.

El proceso de sudden stop fue entonces de libro de texto (2): freno a la entrada de capitales, reversión del flujo, tipo de cambio en alza, precios en alza (menos que el anterior, de manera de corregir hacia arriba el tipo de cambio real), tasas de interés por las nubes, impacto recesivo casi inmediato y deterioro de empleo y la pobreza. El segundo y el tercer trimestre de 2018 han mostrado estos efectos, que seguramente se seguirán observando dos trimestres más si el gobierno cierra la brecha fiscal, aún abierta. Si no lo hace, la "fase final" del sudden stop (corrida cambiaria y bancaria, que nollegó a currir en 1985 pero sí en 2001), estará más cerca.

Nada nuevo: sólo un viejo concepto de macroeconomía internacional aplicado, nuevamente, a un país con conducta de sobreconsumo, endeudamiento y tipo de cambio real bajo (alejado de su equilibrio) que se niega a reconocerlo y persiste en su conducta. 

Einstein y la teoría económica sólo pueden decirnos: "te lo dije...". Pero no hay peor sordo que el que no quiere oir.



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(1) Conceptualmente, el déficit fiscal implica que el gobierno gasta por encima de lo que recauda, debiendo entonces endeudarse con el sector privado local o con el exterior para financiar la brecha. Por su parte, el déficit de cuenta corriente implica que la sociedad como un todo (gobierno y sector privado) gasta más de lo que produce, debiendo endeudarse fuera. Déficits gemelos implica tener un gobierno y un país que "sobreconsumen" (puede haber momentos en que el sector privado ahorre, pero ciertamente no es suficiente para compensar el desafasaje del gobierno.

(2) El proceso conocido como Sudden stop ("freno brusco") fue expuesto por Rudiger Dornbusch en 1994 y analizado en detalle por Guillermo Calvo en 1998, con refencia a lo sucedido en los 80 en América Latina y repetido en alguna medida en los 90 con las crisis de este de Asia, Rusia Y Brasil. Al frenarse (y revertirse) el ingreso de capitales a un país en forma brusca, con motivo de los temores respecto de su solvencia fiscal y externa (déficits gemelos y deuda acumulada por el sector publico y privado), el "ajuste" se produce a la fuerza y las variables mencionadas se mueven en direcciones no deseadas. Como se observa, el concepto tiene ya más de veinte años...

lunes, 10 de septiembre de 2018

Charla debate en la Facultad de Ciencias Económicas - UNCuyo



Analizaremos cuáles son los problemas de fondo de la economía argentina que le impiden desarrollarse como lo hacen otros países, qué ha sucedido en 2018 para que aumente su volatilidad y se afiance el pronóstico de estanflación y cuáles son las perspectivas para 2019, año de elecciones presidenciales.


viernes, 10 de agosto de 2018

El mar en que navegamos

Los países latinoamericanos somos, desde el punto de vista económico, pequeños barcos que navegan en el ancho mar de la economía mundial. Somos "pequeños" no por tener menos territorio o menos población, sino porque, nuevamente desde el punto de vista económico, no tenemos capacidad para alterar las condiciones de la economía mundial con nuestras acciones u omisiones. Dicho en términos sencillos, "no movemos la aguja" de la situación económica mundial cuando nos comportamos de una u otra manera, ni modificamos el curso de ninguna macrovariable. Nuestro comportamiento no altera las tasas de interés internacionales, ni la fortaleza o debilidad de las principales monedas (dólar, euro, yen, yuan), ni los precios de los commodities (salvo algún caso muy particular, para los cuales sobran los dedos de una mano), ni el volumen de comercio mundial ni la liquidez de los mercados financiero internacionales. Somos pequeños, no creamos las condiciones de la economía mundial sino que recibimos y debemos aceptar las que otros países grandes, crean y modifican continuamente con sus acciones.

Esto significa que para nosotros, las condiciones del "ancho mar" son un dato, una información que nos viene dada y que no podemos alterar. Si hay calma es bueno, si hay viento de cola aún mejor, pero si hay tormenta habrá que cubrirse o sufrir las consecuencias. Es por eso que lo que suceda en la economía mundial nos importa, como a cualquier capitán de barco le debe interesar de antemano las condiciones meteorológicas para el mar en que navegará, más aún cuando sabe que no está en sus manos modificarlas. Y subrayo "de antemano", porque las decisiones se toman mirando el futuro y una vez que zarpamos, el margen de maniobra empieza a reducirse y los tiempos se acortan. Hay que mirar el mar antes, para preparar nuestro viaje, aunque esto no quita que alguna tormenta imprevista pueda sorprendernos, aun cuando hayamos sido previsores.

¿Cómo está hoy el "ancho mar" de la economía mundial? ¿Presenta condiciones favorables o desfavorables para la navegación? Analizando algunas macrovariables mundiales fundamentales es posible darse una idea:


El crecimiento mundial se ha estabilizado en valores cercanos al 4%,  una tasa moderadamente buena. Con alguna ralentización, China e India lo siguen liderando, pero la buena noticia es que ya no hay tasas negativas en Europa y que EEUU muestra solidez y continuidad. Significa que a nuestros potenciales compradores les está yendo bien, buena noticia para cualquier vendedor.

El volumen de comercio mundial sigue su senda ascendente sin prisa y sin pausa, a pesar de las rencillas comerciales entre EEUU, Europa y China. Implica que aún con barreras comerciales, el mundo sigue abierto e intercambiando productos y servicios.

La liquidez mundial, que creció con fuerza durante la crisis de 2008 y 2009 (precisamente como instrumento para contrarrestarla) ha comenzado a decrecer pero muy gradualmente. Otra buena noticia: hay dinero en el mundo y no va a desaparecer en el corto plazo. En parte puede compensar esto la noticia de que ese dinero es más caro, ya que las tasas de interés suben, pero la subida aún es lenta y para nuestra Región (y para Argentina en particular), a menudo la disponibilidad de fondos ha sido más relevante que su costo.

Los precios de commodities sufrieron un ajuste luego de los dos "boom" ocurridos entre 2003 y 2007 y entre 2010 y 2012. Han quedado estabilizados en valores "altos" respecto de los registros previos a esos eventos y parecen haberse ubicado en un piso temporal. Además como se observa, los correspondientes a alimentos, que son los que la mayoría de los países de la Región exportan al mundo, muestran siempre menos oscilaciones, dan menos sorpresas.

Finalmente, el balance de inversión extranjera directa sigue siendo positivo para América Latina. El flujo ha decaido levemente en los últimos años pero no lo ha hecho en forma significativa, a pesar del mayor costo de oportunidad que implica la mayor tasa de interés antes mencionada.

En síntesis, el "ancho mar", aunque nunca exento de alguna turbulencia, se muestra en relativa calma para navegar. No hay "viento de cola a favor", pero tampoco tormenta a la vista. Se puede maniobrar y buscar la ruta hacia el puerto que deseemos llegar.

Sin embargo, es necesario aclarar algo. Este no es el mar en que navegan los países latinoamericanos, mucho menos Argentina.

Usted podrá preguntarse...¿cómo no? ¿acaso no es el mismo mar en que navegan todos? ¿cuál podría ser la diferencia? En realidad, la diferencia no está en el mar... está en los barcos.

No todos los barcos son iguales, no todos están en las mismas condiciones de navegación, algunos están mejor preparados que otros, mejor cuidados. Entonces, si bien es cierto que el mar es el mismo, no todos "lo perciben" igual y lo que para unos es una brisa de frente para otros se transforma en un viento huracanado y lo que para unos es una simple lluvia para otros puede representar una tormenta. Con un barco moderno, bien preparado y con una tripulación bien dispuesta y entrenada, es posible enfrentar el mar y su oleaje con calma y sin sobresaltos, incluso aprovechar las buenas condiciones de viento y los bancos de peces. Con un barco deteriorado, mal mantenido y una tripulación desganada o sin motivación, lo bueno no puede aprovecharse y el mal tiempo puede provocar incluso el naufragio.

En materia económica, esa diferencia entre los barcos se aproxima a través del indicador de riesgo país. Si bien técnicamente es un indicador "financiero", que muestra la diferencia en el rendimiento de los bonos del país y los de EEUU (considerados de bajo o nulo riesgo)(1), su lectura nos permite inferir qué tan ordenada "hacia adentro" está la economía del país, situación que el mundo percibe y que manifiesta explícitamente a través de la aceptación o repudio de sus instrumentos de deuda en moneda extranjera. Así, países macroeconómicamente desequilibrados (usualmente, con desequilibrios externos y fiscales persistentes) tendrán un mayor "riesgo país", lo que implica que el mundo los observará con mayor desconfianza y será reticente a prestarles dinero o a invertir en ellos.

De tal forma, un indicador de riesgo país alto implica navegar con un barco en malas condiciones, lo cual a su vez hace que el mar resulte más hostil y peligroso; cualquier lluvia puede parecer una tormenta y cualquier brisa un viento huracanado. Al contrario, un riesgo país bajo representará un barco en buenas condiciones, donde una brisa es una brisa y un mar en calma es un mar en calma.

Argentina en particular navega hoy este "ancho mar en relativa calma" con un barco viejo, desvencijado y poco confiable. Las reparaciones de los últimos dos años no han sido suficientes, pero aún así, con el barco reparado a medias, su gobierno ha decidido hacerse a la mar.

El gráfico muestra cómo en los últimos tres meses el indicador de riesgo para Argentina se ha separado del registro de los diez países más grande de América Latina y, en particular de sus vecinos "físicos", Brasil y Chile. En tal sentido el país, por sus desequilibrios macroeconómicos (fiscal, monetario y externo) navega en desventaja respecto de sus vecinos, a quienes el mundo preferirá en caso de tener que elegir destinos de financiamiento o inversiones. Observando el mismo gráfico Usted pensará seguramente: "pero entre 2009 y 2015 la diferencia entre los barcos era aún mayor, en contra de Argentina". Es cierto, pero de acuerdo al esquema económico imperante en ese entonces, el país no navegaba en el ancho mar, permanecía en el muelle, aislado de lo que sucedía en la economía mundial. No hacía falta reparar el barco pues no había intención de navegar. Y se lo dejó deteriorar...

Esta separación (para mal) del riesgo argentino respecto del resto complica sin duda su desempeño macroeconómico y frena el potencial flujo de inversiones. Más aún cuando el nuevo gobierno ha "abierto las puertas de la economía" y busca financiar sus desequilibrios con fondos del exterior. Los inversores y prestamistas externos no están dispuestos a financiar tales desequilibrios, temiendo que (la historia nos condena) si lo hacen los desequilibrios persistirán y se debilitarán los esfuerzos por corregirlos. La corrección debe ser previa, el barco debe arreglarse antes de salir a navegar...

Pero para terminar veamos también el vaso medio lleno, aunque el escenario sea aún hipotético: si (y solo "si") Argentina logra reparar su barco, poner a punto sus motores y recuperar la confianza de su propia tripulación, el ancho mar está en calma, listo para ser navegado. No hay viento a favor, pero tampoco hay tormenta, lo cual a estas alturas, es un buen augurio y una perspectiva alentadora.  

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(1) Técnicamente y en forma simplificada, el indicador de riesgo país, conocido como EMBI (Emerging Markets Bonds Index) se calcula como la diferencia de tasa de interés que pagan los bonos denominados en dólares, emitidos por un país y los Bonos del Tesoro de Estados Unidos, que se consideran "libres" de riesgo.  Los bonos más riesgosos pagan un interés más alto, por lo tanto el spread de estos bonos respecto a los bonos del Tesoro de Estados Unidos es mayor para los países que presentan un funcionamiento macroeconómico más débil o desequilibrado, que aumenta la probabilidad de que incumpla con sus obligaciones en moneda extranjera



jueves, 19 de julio de 2018

Reflexiones sobre la inclusión universitaria

"Tan malo como no hacer lo que se debe, es hacer sólo una parte y pensar que se lo ha hecho todo". 
Refrán popular

Agradezco los relevantes comentarios y sugerencias realizados por María Inés Lara, Gustavo Maradona y Monserrat Serioque saben del tema mucho más que yo y tuvieron la paciencia de leer este breve escrito antes de que fuera subido al blog. 
Los errores, desenfoques y omisiones subsistentes son de mi responsabilidad exclusiva.

En una entrada anterior de este blog ("Educarse paga", del 2 de mayo de 2017expresaba que quien se educa sale ganando, en lo personal y en lo material. Para demostrar el aspecto estrictamente monetario del tema, coloqué allí algunas estadísticas al respecto que reflejan que a mayores niveles de educación formal de las personas sus niveles de remuneración monetaria crecen.

Decía además que la educación es un factor "igualador" entre las personas, pero esto ocurre siempre y cuando la oportunidad de acceso a la misma sea igual para todos. Si no es así, puede funcionar incluso como un elemento "desigualador", en el caso de que algunas personas puedan ascender en la escala educativa con mayor facilidad que otras (más allá de sus habilidades naturales para hacerlo). La educación refuerza la igualdad si el acceso es igualitario, pero puede profundizar la desigualdad si ocurre lo contrario (1).

Esta es una aplicación de la idea de equidad en su concepción moderna, que no apunta a igualar ingresos sino a igualar oportunidades. Por ello se me ocurrió analizar el problema de la Universidad Inclusiva (es decir, accesible para todos por igual), sobre la base de mi experiencia como profesor y como integrante de la gestión de la Universidad Pública en Argentina.

Sin pretender agotar la discusión del problema ni contemplar sus múltiples aristas, es posible hacer un sencillo razonamiento hipotético para poner de relieve algunos puntos importantes del caso. Se trata de abrir la discusión, no de cerrarla, de plantear una línea de debate que sirva para encontrar soluciones que sean completas y no parciales. Tomemos por caso a tres jóvenes, que terminan su colegio secundario y desean estudiar en la Universidad: uno/a pertenece a una familia de ingresos altos (joven A), otro/a a una familia de ingresos medios (joven M) y el tercero/a a una familia de ingresos bajos (joven B).

Cuando se plantean su futuro universitario, debemos estar atentos a tres tipos de desigualdades que pueden ocurrir y pueden colocarles en situaciones de desventaja para acceder a los beneficios monetarios y no monetarios que se obtienen con de un mayor grado de educación.

En primer lugar, los/as jóvenes deben pensar en dos costos que les implicará su "vida universitaria" (son dos costos porque este concepto no sólo debe incluir el costo de "ir a la Universidad", sino uno más completo y abarcativo: el de "vivir e ir a la Universidad"): 
- el primero es el costo de concurrir a la universidad, compuesto por una cuota periódica a pagar y por los gastos asociados al cursado, llamémoslo CU,
- el segundo es el costo de mantención personal durante la vida universitaria, asociado a sus gastos de subsistencia normal, alimentación, transporte, vestimenta, etc., llamémoslo CM.
Por simplicidad podemos asumir que ambos son costos monetarios, es decir, en dinero.

Por simplicidad se puede pensar que el costo CU puede ser el mismo para los/as tres jóvenes, si es que desean concurrir a la misma Universidad. Sin embargo, si lo tomamos desde el punto de vista individual, el costo CM no será el mismo para los/as tres: para A ese costo puede ser cero si sus padres "lo/a mantienen" (entonces CMa=0), para M puede ser CM si debe trabajar digamos medio tiempo para cubrirlo porque su padres no pueden mantenerlo/a (entonces CMm=CM) y para B puede ser aún mayor que CM si debe trabajar tiempo completo porque debe ayudar en su hogar con su ingreso laboral (entonces CMb = x . CM, donde x>1). (2)

Resumiendo lo anterior, tomando entonces los costos monetarios desde el punto de vista individual de cada joven, se puede concluir que: 

CMb > CMm > CMa

lo que pone en desventaja a B respecto de M y al mismo tiempo a ambos respecto de A.

Analicemos ahora otro costo, esta vez no monetario, asociado también a este problema: el tiempo que cada joven debe dedicar a su proyecto de "vivir e ir a la universidad". Este nuevo costo se compone de tres elementos: 
- horas de cursado en la Universidad (hc), 
- horas dedicadas al trabajo (ht) y 
- horas dedicadas al estudio (he). 
Si quitamos las horas de descanso y esparcimiento normales, digamos que : hc+ht+he=14 por día, para todos igual.

Sin embargo, cuando lo analizamos de acuerdo a la realidad económica de cada uno/a, podemos ver diferencias nuevamente:
- A distribuye las 14 horas entre hc y he (ya que ht=0)
- M distribuye las 14 horas entre hc, ht y he.
- B también distribuye las 14 horas entre hc, ht y he, pero su valor de ht es mayor que para M (trabaja mas horas, necesita ayudar en casa con su ingreso), por lo cual lo que le queda para hc+he, es menor.

Si hacemos hc+he= hu (horas dedicadas a la universidad), entonces llegamos a otra conclusión:

hua  >  hum > hub

lo que nuevamente pone en desventaja a B respecto de M y al mismo tiempo a ambos respecto de A.

Tenemos ya a B en doble desventaja, por el lado de los costos explícitos (monetarios) y por el lado de los implícitos (no monetarios). Expresado en términos simples, debe ayudar en el hogar con su ingreso y dispone de menos tiempo para dedicar al estudio.

Finalmente podemos agregar un tercer elemento de juicio al problema, que genera nuevas desigualdades: los horarios de cursado en la Universidad. Si el horario de cursado que propone la Universidad es disperso en el día e inflexible, no afectará a A, conspirará contra la "vida universitaria" de M y complicará severamente la de B (pudiendo incluso impedírsela).  Esta desigualdad discurre entonces en el mismo sentido que las dos anteriores, colocando a B en una situación desventajosa respecto de M y a ambos respecto de A.

Si lo que deseamos es nivelar oportunidades para transitar la vida universitaria (esto es, que cualquier joven, pueda tener la misma chance de “vivir e ir a la universidad”), la gratuidad sólo resuelve el problema de los costos explícitos. Es decir, es inclusiva pero con serias limitaciones, iguala oportunidades pero sólo en parte.  Debe reconocerse sin embargo que es el primer paso, que es una condición necesaria pero no suficiente.

La gratuidad sin distinciones, es una forma de acercar a M y a B a la vida universitaria, pero en ese camino, también beneficia a A, que no lo necesita. Esto implica desfocalización: la comunidad compromete recursos (la universidad "gratuita" lo es para quien accede a ella, pero en rigor se financia con recursos que aporta la comunidad en su conjunto) para beneficiar a quien lo necesita y también a quien no lo necesita. Hay allí una incorrecta asignación de los siempre escasos fondos públicos, pues se aplican en parte a financiar a algunos individuos que podrían hacerse cargo por sí solos de su vida universitaria (para la comunidad, ese gasto innecesario implicará, como contrapartida, impuestos innecesarios, deuda pública innecesaria o emisión de dinero innecesaria).(3)

Para que la aproximarnos a una idea más precisa de igualación y que aparezca la idea de inclusión con mayor vigor, es necesario revisar también la segunda y la tercera desigualdad. De otra manera el sistema, sólo con la "universidad gratuita" se queda a mitad de camino. 

La segunda desigualad se refiere a las horas que cada joven puede dedicar a su vida universitaria: la única forma de hacer hua  =  hum = hub es liberando a  M y B de sus obligaciones laborales para manutención propia y de su hogar. Esto se consigue con un adecuado sistema de becas, basado en la situación económica de cada uno. No son sistemas sencillos de implementar y controlar, pero es el camino, hay que usar la imaginación para perfeccionarlos. Debe tenerse presente que si este problema se resuelve, automáticamente queda resuelta la tercera desigualdad en tanto se asienta en horarios inflexibles o dispersos a lo largo del día que complican a M y a menudo dejan fuera del ámbito universitario a B.

La tercera desigualdad, referida a los horarios de cursado y exámenes, puede resolverse "desde adentro" de la Universidad, adicionando turnos vespertinos y/o nocturnos o flexibilizando las obligaciones de presencialidad. Es claro que este tipo de reformas sólo puede morigerar (o en el extremo, resolver) la tercera desigualdad, pero no las otras dos.

En síntesis, para una Universidad "inclusiva", entendiendo por tal aquella que nivela oportunidades para que todos transiten la "vida universitaria" y accedan a los beneficios de la educación superior, es necesario que la gratuidad se focalice y se complemente con un sistema de becas inclusivo (para cubrir Cm) y un esquema de horarios adecuado. De otra manera, la gratuidad pura, simple e indiscriminada será sólo un instrumento parcial que no sólo no terminará de nivelar las oportunidades sino que, engañosamente, nos llevará a pensar que lo hemos conseguido y que las otras acciones son secundarias o, peor aún, que no hacen falta.

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(1) En esta línea, hace un tiempo leí un cuento futurista en el cual se inventaba un "casco" para que quienes se lo colocaban "absorbieran" cantidades de conocimientos sin tener que dedicar tiempo a estudiarlos. Como avance tecnológico sonaba notable, pero me quedé pensando en el problema del "acceso al casco". Seguramente no habría cascos para todos, entonces, ¿no funcionaría ese elemento como un fuerte factor desigualador, a favor de quienes pudieran obtenerlo? Esta no es sino una faceta más del problema de la apropiación de los frutos del avance tecnológico, sugerido por Karl Marx en "El capital" y enfatizado por Thomas Pikkety en "El capital en el siglo XXI". 
Estoy seguro de que disparar esta polémica, más que imaginar un avance tecnológico como ese, era el objetivo de un autor de ciencia ficción tan profundo e inteligente como fue Arthur Clarke.

(2) Este análisis implica una simplificación ya que, tal como me lo señaló con precisión María Inés Lara, una familia de ingresos bajos puede decidir "hacer otros sacrificios" y costear la vida universitaria de su hijo, con lo cual el CM podría equipararse para los tres jóvenes. Sin embargo, subsiste la situación desventajosa, ahora a nivel familiar, cuando la familia B debe hacer esos "otros sacrificios" que no debe hacer la familia A para conseguir nivelar el valor de CM para su hijo/a.

(3) Nuevamente esta afirmación es una simplificación con fines explicativos, que puede matizarse en tanto la familia A contribuya con más impuestos que la M y la B al financiamiento del gasto público, del que forma parte el gasto para el sostenimiento de las universidades públicas. Sin embargo este matiz, que puede modificar la profundidad del problema, no altera su esencia.